Inmortalidad

 “Nuestra alma es biodegradable, pero el plástico es inmortal” (M. Vicent)

Exceptuados los mil años del medievo (y a los no pocos que aún siguen en él) durante los cuales fuimos inmortales por obra y gracia de la taumatúrgica posibilidad de salvar nuestra alma con la sola condición de cumplir ciertos preceptos, no habíamos vuelto a tener semejante oportunidad hasta hoy en que tal ensoñación vuelve a aparecer como una posibilidad al alcance de la mano, pero esta vez bajo el requisito de salvar el propio cuerpo. Fiel a esta nueva religión, he iniciado su laica liturgia tuneándome la cadera y me temo que, tarde o temprano, no será lo último que tenga que injertarme en este cuerpo serrano si quiero alcanzar esa pretendida inmortalidad mitológica solo reservada -hasta ahora- a los semidioses.

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Veintiuno

El pesimista se queja del viento; el optimista espera que calme; el realista ajusta las velas” (Willian Arthur Ward)

Verdad es que a punto estemos de despedir el veintiún año gregoriano de este tormentoso siglo XXI y, aún alérgico como soy a la numerología y a cualesquiera de las tantas formas de la superstición u otras cábalas, no me resisto a encabezar este escrito con tan sincrónico numeral, incrustado en la realidad de un mundo que inicia este veintiuno de diciembre su invierno boreal. Inmersos como estamos en tamañas turbulencias, bien haríamos en ajustar las velas a este nuevo contexto para, rulado el viento, poner proa al sotavento de la adversidad (económica, social, política, medioambiental sanitaria, cultural…) que viene soplando con fuerza contra nosotros, en esforzada ceñida realista que nos lleve a surcar nuevas rutas en este crucial tránsito por los siete mares de nuestra corta existencia. Singladura vital que -al tiempo- vaya dejando tras de sí su deleble rastro, una estela de espuma tal que un halo de esperanza para nuestros hijos.

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Sur

 “Sólo me queda el goce de estar triste,

esa vana costumbre que me inclina

al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

(Jorge Luis Borges. Poema 1964, terceto final)

Poema de madurez en el que Borges muestra su resignación frente a la ceguera (entendida como metáfora de una pérdida) en donde el yo poético dialoga desde la melancolía añorando la propia visión como si su ausencia significara la ruptura de una larga y amorosa relación sentimental, pasando así -simbólicamente- de la claridad a una oscuridad que le acerca a la muerte. En este último verso citado, no obstante, parece consolarse mediante la paradójica licencia de aceptar el goce de estar triste, para acabar evocando su querencia al Sur (hacia un Buenos Aires recordado) inmerso en esa contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura… Al igual que el maestro yo también me siento inclinado al Sur, en busca de la clara luna y los lentos jardines olvidados en cierta puerta, en cierta esquina de una juventud perdida. Sevilla, o sea.

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León

África-Hispania-Irlanda: ésta era una ruta dorada por la que el conocimiento de la Antigüedad alcanzó la Edad Media” (John M. Wallace-Hadrill)

Tal como recoge el historiador medievalista Sánchez-Albornoz en su erudita obra “Una ciudad de la España cristiana hace mil años”, en los albores del primer milenio se vino en forjar sobre la romana Legio una urbe en la que hombres y mujeres -como hoy, como siempre- luchaban denodadamente para ser felices en su intento por labrar un futuro mejor para sus hijos. En aquél tiempo esa vida se fraguaba al calor de la Reconquista, desde un reino astur-leonés regido por genuinos monarcas ibéricos (Garcías, Ordoños, Alfonsos, Ramiros, Sanchos… incluida sea la indómita Urraca, así llamada La Temeraria) asentados en una corte de León convertida en la nueva cabeza del reino. 

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Mediterráneamente

Solo la música está a la altura del mar” (Albert Camus)

Los que nos enamoramos oyendo a Serrat cantar poéticamente a un Mediterráneo femenino y  núbil “te acercas, y te vas / después de besar mi aldea / jugando con la marea / te vas, pensando en volver / eres como una mujer…” volvemos repetidamente a sus orillas con un vano anhelo por ver si, amontonado en la arena, aún queda rastro de aquél primer amor que dejáramos olvidado bajo una luz y un olor que ya nos acompañarían para siempre y ¡mira por dónde! resulta que ahora ese azul y ese mar nos lo encontramos machacona y “mediterráneamente” transfigurado en adverbio de modo (de los terminados en mente) como leitmotiv de un relamido anuncio de cervezas.

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Cuenqueando

 Cuenca, toda de plata,
quiere en ti verse desnuda,
y se estira, de puntillas,
sobre sus treinta columnas.
No pienses tanto en tus bodas,
no pienses, agua del Júcar,
que de tan verde te añilas,
te amoratas y te azulas.

(Gerardo Diego. Romance del Júcar, fragmento) 

Y el poeta prosigue advirtiendo a esas aguas del río tan verdes (verdes ojos, verdes lunas) que aún es pronto para soñar “tan niña” con mediterráneas nupcias: No te pintes ya tan pronto / colores que no son tuyas. / Tus labios sabrán a sal, / tus pechos sabrán a azúcar / cuando de tan verde, verde, / ¿dónde corpiños y lunas, / pinos, álamos y torres / y sueños del alto Júcar? 

Al igual que el Júcar, antes de seguir mi viaje vacacional hasta desembocar en las recurrentes costas de la cuenca mediterránea, me detengo en la gentil y abstracta Cuenca para así emboscarme unos días “cuenqueando” por entre sus hoces y serranías. Al llegar, la tarde va posando su luz de oro viejo sobre las altas fachadas de un barrio de San Miguel que trepa siguiendo el perfil de la hoz y donde, bajo el paseo del parque fluvial, es dado entrever “gerardianamente” cómo esas aguas-niña se pintan de un aguamarina azul verdoso que transmuta a turquesa verde azulado en el rubor temprano de un río núbil que se asoma a las espumas del soñar para, de tan evocador modo, anticipar el mar.

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Canaria`s

Por doquiera que el hombre vaya, lleva consigo su novela” (Benito Pérez Galdós)

Si Homero levantara la cabeza y viera que Hermes -el que fuera heraldo de los dioses- es un bolso, si no una corbata, pensaría que para ese viaje no merecía la pena haber escrito La Odisa ni enviado a Ulises a semejante periplo donde toparse con la furia de Poseidón y llegar al Averno a través de las míticas islas de Calipso, de Eolo, de los Lestrigones o de Circe hasta volver a Ítaca, su patria, con la enamorada Penélope. Hoy soy yo, un simple mortal, el que de nuevo se dirige a esas islas afortunadas aerotransportado sobre un Atlántico que ya nada tiene que ver con aquella travesía a lo desconocido -allende las columnas de Hércules- rumbo a esos míticos lugares australes hacia donde hubo de navegar nuestro héroe. Valga como ejemplo de esta regresión anunciada el que, para este viaje nada iniciático, vengo calzado nada menos que por Nike, la alada diosa griega de la Victoria ¿podremos caer más bajo?

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Madriles

Madrid es una gran ciudad, o por lo menos una ciudad grande” (Francisco Umbral)

Siempre que voy a Madrid me recuerdo como aquél estudiante que, cuando entonces, arribara a la gran ciudad advertido de un perceptible aire paleto y al que inopinadamente, casi sin querer, se le fuesen borrando -al menos a la vista- las traicioneras marcas de la boina al tiempo que se desprendían otras divisas no menos delatoras, esas que cuelgan de los propios prejuicios como si de inseparables compañeros de viaje se tratasen. Así es como, modernizado adecuadamente, al correr de los años seguí frecuentado la capital del Reino con renovado desparpajo social y también ¿porqué no decirlo? cultural. Actitud en nada parecida -más bien contraria- a ese incívico modus operandi  desplegado por la mayoría de los tantos y tan achispados turistas que, cual rebaño, vemos hoy abrevar en las numerosas tabernas que salpican las itinerantes cañadas trazadas por las turoperadoras. Heme aquí pues una vez más, sin agencia que pastoree mi gira, dispuesto a dejarme sorprender por este gran poblachón manchego (Azorín) que esconde intramuros diversos e inesperados Madriles.

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Pellejo

«Nada hay más profundo que la piel» (Paul Valéry)

Venía de ver en el Kursaal de San Sebastián la propuesta de la artista palentina Marina Núñez bajo el sugestivo título de Sin piel, exposición concebida específicamente para la sala Kubo, que nos adentra en un universo visual desde donde llegar a cuestionar las fronteras entre la naturaleza, el artificio y el hombre -la mujer, para el caso- dejando así, como el que no quiere la cosa, difuminados los límites de la propia identidad. Cuerpos flotando en la ambigüedad de lo liminal, esa zona en la que algo deja de ser lo que es -lo que era- para transformarse en otra cosa, fluyendo a través de la parte más humana de nuestro cuerpo -la piel- esa recurrente frontera que, a la misma vez que nos aísla, nos conecta con el exterior. Mientras transito esa aparente dualidad, en mi condición de persona “profundamente superficial” (Warhol) que huye de los enredos de lo superficialmente profundo, busco la dimensión insondable en las vibrantes experiencias corporeizadas a través de esa fina envoltura que nos cobija.

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Primaveral

Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

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