Pellejo

Nada hay más profundo que la piel” (Paul Valéry)

Venía de ver en el Kursaal de San Sebastián la propuesta de la artista palentina Marina Núñez bajo el sugestivo título de Sin piel, exposición concebida específicamente para la sala Kubo, que nos adentra en un universo visual desde donde llegar a cuestionar las fronteras entre la naturaleza, el artificio y el hombre -la mujer, para el caso- dejando así, como el que no quiere la cosa, difuminados los límites de la propia identidad. Cuerpos flotando en la ambigüedad de lo liminal, esa zona en la que algo deja de ser lo que es -lo que era- para transformarse en otra cosa, fluyendo a través de la parte más humana de nuestro cuerpo -la piel- esa recurrente frontera que, a la misma vez que nos aísla, nos conecta con el exterior. Mientras transito esa aparente dualidad, en mi condición de persona “profundamente superficial” (Warhol) que huye de los enredos de lo superficialmente profundo, busco la dimensión insondable en las vibrantes experiencias corporeizadas a través de esa fina envoltura que nos cobija.

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Primaveral

Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

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Easo

De una ciudad no disfrutas las siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya ” (Italo Calvino)

Soy de los que piensan que, en la vida -como en la literatura- hay que intentar a toda costa evitar los lugares comunes. Para el caso, librarse del cliché de lo bonita que es San Sebastián repetido por propios y extraños como una letanía que, en su machacona insistencia, termina resultando cargante. Reacción pareja al repelús que llegan a producir ciertos niños repipis (pobrecitos) cuyas madres te restriegan sin medida ni pudor lo guapos y listos que son, condenándolos sin remisión a la antipática condición de repelentes. Sea por una vez, saltando a la torera mis propios principios, me dejo llevar por el topicazo y doy en hospedarme, acompañado de mujer e hija, en el icónico Hotel de Londres (tal como Mata Hari lo hiciera con alguna frecuencia durante la Primera Gran Guerra) y donde -con el regusto añadido que presta la condición de forastero- aún nos es dado desayunar en la cama frente a un balcón abierto con vistas a ese milagro permanente de La Concha para así, entre sorbo y sorbo de café, aspirar a bocanadas la primaveral brisa de abril que penetra desde la bahía. La Bella Easo, o sea.

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Hábitat

Vivir es buscar el lugar donde poder amar” (Joan Margarit)

Hasta ayer por la tarde, tanto la noción de hábitat como la del subsiguiente posicionamiento en el nicho ecológico de cada especie (humanos incluidos) se habían venido considerando asuntos connaturalmente inseparables de sus ecosistemas. Ahora bien, desde que hace medio siglo pisamos la luna, nos hemos ido viniendo arriba y hoy es el día en que las misiones espaciales se suceden como churros, promovidas por las agencias estatales de los de siempre (el aún hegemónico EEUU o la inasequible Rusia) con Europa en su papel de actor secundario e India en plan low cost, a los que últimamente se les están uniendo los nuevo ricos (China y Emiratos) que, para no variar, gastan las mismas o parecidas ansias colonizadoras que sus predecesores. Así, apenas hace unos días pudimos ver en directo aterrizar (amartizar suena algo forzado) al robot Perseverance en el planeta rojo, retransmitido en un vibrante español por jóvenes (a más de inteligentes y bellas) ingenieras latinas de la NASA. Por si ello fuera poco, la iniciativa privada ha llegado para quedarse y aventurados (más por peligrosos que por aventureros) magnates globalistas como Elon Musk, Jeff Bezos… u otros de parecido pelaje, hace ya algún tiempo que anunciaron sus planes para, mañana mejor que trasmañana, llegar a establecer asentamientos humanos. Cuestiones unas y otras que, aún conteniendo en sí profusas y variadas lecturas, pareciesen estar pidiendo a gritos una reflexión sobre los actuales límites o futuros confines del hábitat humano (lo de las ingenieras latinas merece artículo aparte).

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Civilización

Toda cultura lleva dentro de sí un corazón de barbarie ” (Walter Benjamin)

No puedo evitar la tentación de imaginar como cierta la anécdota de aquél viajero que desde su asiento de ventanilla, recién acabado de embarcar, le comenta al pasajero de al lado cómo, desde la altura, las personas pareciesen hormigas, a lo que éste le replica sin disimular su asombro: es que son hormigas, aún no hemos despegado. Al poco, el avión remonta el vuelo y el interpelado se pone a observar con renovada curiosidad el panorama de aquella metrópoli que se va alejando bajo sus ojos, una jungla moviéndose en enjambre percibida como los tentáculos de un organismo superior que se dirige hacia algún recóndito atractor, tal que una plaga migratoria a punto de constituirse en marabunta. Indeliberadamente ladea la cabeza y, entornando los ojos, dirige una mirada de soslayo a aquél desconocido que, sin motivo aparente, le ha llevado a sentir por un momento el desasosiego de una cierta inquietud. Sumido en esa especie de sugestión emocional, entrecierra los ojos dispuesto a adormilarse.

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Máscaras

Cuando quise quitarme la máscara,

estaba pegada a la cara.

Cuando me la quité y me miré al espejo,

ya había envejecido

(Fernando Pessoa. Tabaquería, fragmento)

Hace ya algunos años, jugando sin juguetes con una sobrinita muy espabilada de poco más de cinco años, no se me ocurrió otra idea mejor que colocarme una máscara de tigre que había en la casa y sin previo aviso, por observar su reacción, dar un salto hacia ella al tiempo que ensayaba un amenazante rugido que más bien acabó resultando gruñido; cuál fue mi sorpresa al ver que, lejos de asustarse, se vino hacia mí para preguntarme si estábamos jugando a los gatitos. Salvadas las distancias, algo parecido a lo que le sucedió a aquél periodista sueco cuando llegó a titular la noticia del intento de golpe de estado del 23-F diciendo que en España un torero con pistola había asaltado el Congreso. Ambos episodios contienen en sí la misma escisión metafísica entre significante y significado, ese nudo gordiano de toda interacción social simbólica en la comunicación interpersonal. Para el caso, tigre-gato o tricornio-montera no dejan de ser sino los objetos significantes -referentes- cuyos significados pueden diferir en función del receptor de turno, descolocando así al respetable.

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Drogas

Toda forma de adicción es mala, sin importar si el narcótico es alcohol, morfina o idealismo” (Carl Jung)

Suena la alarma del móvil vibrando sobre la mesilla y nuestro recién desperezado amigo, tal que un autómata, lo pulsa maquinalmente dispuesto a iniciar el día enchufado a Internet. Una vez repasadas las noticias engañosamente aleatorias de los newspapers a la carta, así como esa inacabable sarta diaria de e-mails puramente comerciales, echa un vistazo de aliño a su inflado currículo del LinkedIn -por si las flais- para pasar sin demora y por su orden a enredarse, agregado a través de sus variados perfiles, entre la maraña de cotilleos más o menos morbosos y otros chismes alimentados desde unas plataformas (FacebookTwitterInstagram…) tan absorbentes como genuinamente adictivas. Para acabar de arreglarlo, esta mañana se ha madrugado enganchado a un interminable hilo de insustanciales guasapeos en un grupo de gamers al que se acababa de añadir, al tiempo que youtubea distraídamente tutoriales relativos a ese reciente videojuego de guerras infernales “Doom Eternal” que se ha regalado a sí mismo (treintañero él) para, transfigurado en ardiente y sanguinario guerrero, librar a la humanidad de esos diabólicos ejércitos sin salirse de su inseparable Nintendo Switch. Antes de marchar al trabajo sorbe a la remanguillé, sin apartar la vista a esas poco más de cinco pulgadas de la pantalla, el primer café del día de los siete que engulle -desde que, tiempo ha, se conjuró dejar el tabaco- durante el transcurso de su larga y tediosa jornada laboral. No desaprovecha la ocasión de socializar y chatea por esa misma vía proponiendo al grupo una quedada para la tarde del viernes, por ver de tomar juntos unas birras o, según vaya rodando la noche, lo que se tercie (mayormente cubatas personalizados, más que nada por sentirse importante). Pero eso sí, avisa: nada de drogas.

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Tendencias

La evolución biológica es parte del proceso de decaimiento que tiende a reducir el intervalo informacional entre las tendencias potenciales y las reales” (Murray Gell-Mann en El quark y el jaguar: aventuras en lo simple y lo complejo)

Hace algunos años -cinco millones, mal contados- se produjo aquella primera sutil divergencia entre los monos antropomorfos (chimpancés al fin, anteriormente bifurcados de los gorilas o los orangutanes) y nuestro linaje humano, en ese largo y tortuoso proceso al que llamamos hominización. Hubieron de transcurrir otros pocos millones desde la aparición de aquél australopithecus vegetariano para, metidos ya en el Pleistoceno, reconocer entre aquellos primates homínidos un primer individuo asignable al género Homo: el omnívoro habilis, provisto el nota de una cabeza notable (por voluminosa) producto de su primitiva pero ya marcada cefalización craneal. Le seguirían un numeroso grupo de antepasados conocidos (ergasterserectus…) a cual más cabezón, además de los incontables eslabones o, por mejor decir, ramales perdidos. Apenas hace un millón de años que nos topáramos con un antecessor caníbal capaz de conservar el fuego y menos de doscientos mil para darnos de bruces con nuestros parientes neanderthalensis, a los que sobrevivimos en exclusiva como sapiens para acabar caracterizándonos redundantemente -penúltimos milenios- como sapiens sapiens. Mucho nombre para unos “cabezas” mutados, dicho por lo bruto y sin anestesia, en lo que presumiblemente ya nos hayamos convertido: una plaga dispar de individuos sin “conciencia crítica de especie” (E. Carbonell) dispuestos en tribus con las que ir haciéndose sitio entre codazos por arramblar con los restos de un planeta exhausto.

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Mémesis

Los hombres se equivocan, en cuanto que piensan que son libres; y esta opinión solo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados. Su idea de libertad es, pues, ésta: que no conocen causa alguna de sus acciones” (Spinoza. Ética, 1677)

La originalidad ya sabemos que no existe (nada es nuevo bajo el sol) así que la mímesis como “imitación de la realidad” nos sirve en el afán por renovar creativamente sus representaciones, para realizar variaciones -recreaciones- de aspectos relevantes de esa realidad que, si le hacemos caso al pesado de Lacan, es precaria y no deja de ser un montaje o registro simbólico e imaginario de lo real. Ahora bien, de ahí a tener que tragar con la ingente profusión de memes puestos en circulación, esa nutrida sarta de estupideces nada inocentes que día a día nos invaden (por) doquier viralizados desde el ciberespacio, como la última y casi única fórmula de entender nuestra existencia, media un abismo. Un fenómeno al que he dado en bautizar (y titular) como mémesis, un palabro a caballo entre la mímesis de los imitados memes y la némesis, entendida ésta como rival o enemigo del conocimiento, a más de incidir en ese otro buscado paralelismo semántico con los individuos -los memos y las memas- que conforman esas desnortadas bandadas de internautas, si no con la memez misma.

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Agosto

Agosto.

Contraponientes

de melocotón y azúcar,

y el sol dentro de la tarde,

como el hueso en una fruta.

Agosto… (Federico García Lorca) 

Desde el jardín, con esa dulce luz de fruta anunciando septiembre, despido este agosto de un año en el que el mundo parece haber girado al revés. Hube de aprovechar que la inercia seguía empujando hacia delante para reiterarme en la consuetudinaria costumbre de cada verano por disfrutar el mes de vacaciones, buscando aparentar que aquí no hubiese pasado nada, para terminar comprobando que el mundo -tanto aquí como allí- ha cambiado y mucho. Así, los esforzados en continuar el curso de la marcha quedan frenados por la resaca de una marea que les conmina a retroceder. Ésta que sigue no es sino la intrahistoria de esa constatación, retazos desgajados de la memoria cual algas abandonadas por la marea tras la primera tormenta del verano.

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