Civilización

Toda cultura lleva dentro de sí un corazón de barbarie ” (Walter Benjamin)

No puedo evitar la tentación de imaginar como cierta la anécdota de aquél viajero que desde su asiento de ventanilla, recién acabado de embarcar, le comenta al pasajero de al lado cómo, desde la altura, las personas pareciesen hormigas, a lo que éste le replica sin disimular su asombro: es que son hormigas, aún no hemos despegado. Al poco, el avión remonta el vuelo y el interpelado se pone a observar con renovada curiosidad el panorama de aquella metrópoli que se va alejando bajo sus ojos, una jungla moviéndose en enjambre percibida como los tentáculos de un organismo superior que se dirige hacia algún recóndito atractor, tal que una plaga migratoria a punto de constituirse en marabunta. Indeliberadamente ladea la cabeza y, entornando los ojos, dirige una mirada de soslayo a aquél desconocido que, sin motivo aparente, le ha llevado a sentir por un momento el desasosiego de una cierta inquietud. Sumido en esa especie de sugestión emocional, entrecierra los ojos dispuesto a adormilarse.

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Máscaras

Cuando quise quitarme la máscara,

estaba pegada a la cara.

Cuando me la quité y me miré al espejo,

ya había envejecido

(Fernando Pessoa. Tabaquería, fragmento)

Hace ya algunos años, jugando sin juguetes con una sobrinita muy espabilada de poco más de cinco años, no se me ocurrió otra idea mejor que colocarme una máscara de tigre que había en la casa y sin previo aviso, por observar su reacción, dar un salto hacia ella al tiempo que ensayaba un amenazante rugido que más bien acabó resultando gruñido; cuál fue mi sorpresa al ver que, lejos de asustarse, se vino hacia mí para preguntarme si estábamos jugando a los gatitos. Salvadas las distancias, algo parecido a lo que le sucedió a aquél periodista sueco cuando llegó a titular la noticia del intento de golpe de estado del 23-F diciendo que en España un torero con pistola había asaltado el Congreso. Ambos episodios contienen en sí la misma escisión metafísica entre significante y significado, ese nudo gordiano de toda interacción social simbólica en la comunicación interpersonal. Para el caso, tigre-gato o tricornio-montera no dejan de ser sino los objetos significantes -referentes- cuyos significados pueden diferir en función del receptor de turno, descolocando así al respetable.

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Drogas

Toda forma de adicción es mala, sin importar si el narcótico es alcohol, morfina o idealismo” (Carl Jung)

Suena la alarma del móvil vibrando sobre la mesilla y nuestro recién desperezado amigo, tal que un autómata, lo pulsa maquinalmente dispuesto a iniciar el día enchufado a Internet. Una vez repasadas las noticias engañosamente aleatorias de los newspapers a la carta, así como esa inacabable sarta diaria de e-mails puramente comerciales, echa un vistazo de aliño a su inflado currículo del LinkedIn -por si las flais- para pasar sin demora y por su orden a enredarse, agregado a través de sus variados perfiles, entre la maraña de cotilleos más o menos morbosos y otros chismes alimentados desde unas plataformas (FacebookTwitterInstagram…) tan absorbentes como genuinamente adictivas. Para acabar de arreglarlo, esta mañana se ha madrugado enganchado a un interminable hilo de insustanciales guasapeos en un grupo de gamers al que se acababa de añadir, al tiempo que youtubea distraídamente tutoriales relativos a ese reciente videojuego de guerras infernales “Doom Eternal” que se ha regalado a sí mismo (treintañero él) para, transfigurado en ardiente y sanguinario guerrero, librar a la humanidad de esos diabólicos ejércitos sin salirse de su inseparable Nintendo Switch. Antes de marchar al trabajo sorbe a la remanguillé, sin apartar la vista a esas poco más de cinco pulgadas de la pantalla, el primer café del día de los siete que engulle -desde que, tiempo ha, se conjuró dejar el tabaco- durante el transcurso de su larga y tediosa jornada laboral. No desaprovecha la ocasión de socializar y chatea por esa misma vía proponiendo al grupo una quedada para la tarde del viernes, por ver de tomar juntos unas birras o, según vaya rodando la noche, lo que se tercie (mayormente cubatas personalizados, más que nada por sentirse importante). Pero eso sí, avisa: nada de drogas.

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Tendencias

La evolución biológica es parte del proceso de decaimiento que tiende a reducir el intervalo informacional entre las tendencias potenciales y las reales” (Murray Gell-Mann en El quark y el jaguar: aventuras en lo simple y lo complejo)

Hace algunos años -cinco millones, mal contados- se produjo aquella primera sutil divergencia entre los monos antropomorfos (chimpancés al fin, anteriormente bifurcados de los gorilas o los orangutanes) y nuestro linaje humano, en ese largo y tortuoso proceso al que llamamos hominización. Hubieron de transcurrir otros pocos millones desde la aparición de aquél australopithecus vegetariano para, metidos ya en el Pleistoceno, reconocer entre aquellos primates homínidos un primer individuo asignable al género Homo: el omnívoro habilis, provisto el nota de una cabeza notable (por voluminosa) producto de su primitiva pero ya marcada cefalización craneal. Le seguirían un numeroso grupo de antepasados conocidos (ergasterserectus…) a cual más cabezón, además de los incontables eslabones o, por mejor decir, ramales perdidos. Apenas hace un millón de años que nos topáramos con un antecessor caníbal capaz de conservar el fuego y menos de doscientos mil para darnos de bruces con nuestros parientes neanderthalensis, a los que sobrevivimos en exclusiva como sapiens para acabar caracterizándonos redundantemente -penúltimos milenios- como sapiens sapiens. Mucho nombre para unos “cabezas” mutados, dicho por lo bruto y sin anestesia, en lo que presumiblemente ya nos hayamos convertido: una plaga dispar de individuos sin “conciencia crítica de especie” (E. Carbonell) dispuestos en tribus con las que ir haciéndose sitio entre codazos por arramblar con los restos de un planeta exhausto.

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Mémesis

Los hombres se equivocan, en cuanto que piensan que son libres; y esta opinión solo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados. Su idea de libertad es, pues, ésta: que no conocen causa alguna de sus acciones” (Spinoza. Ética, 1677)

La originalidad ya sabemos que no existe (nada es nuevo bajo el sol) así que la mímesis como “imitación de la realidad” nos sirve en el afán por renovar creativamente sus representaciones, para realizar variaciones -recreaciones- de aspectos relevantes de esa realidad que, si le hacemos caso al pesado de Lacan, es precaria y no deja de ser un montaje o registro simbólico e imaginario de lo real. Ahora bien, de ahí a tener que tragar con la ingente profusión de memes puestos en circulación, esa nutrida sarta de estupideces nada inocentes que día a día nos invaden (por) doquier viralizados desde el ciberespacio, como la última y casi única fórmula de entender nuestra existencia, media un abismo. Un fenómeno al que he dado en bautizar (y titular) como mémesis, un palabro a caballo entre la mímesis de los imitados memes y la némesis, entendida ésta como rival o enemigo del conocimiento, a más de incidir en ese otro buscado paralelismo semántico con los individuos -los memos y las memas- que conforman esas desnortadas bandadas de internautas, si no con la memez misma.

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Agosto

Agosto.

Contraponientes

de melocotón y azúcar,

y el sol dentro de la tarde,

como el hueso en una fruta.

Agosto… (Federico García Lorca) 

Desde el jardín, con esa dulce luz de fruta anunciando septiembre, despido este agosto de un año en el que el mundo parece haber girado al revés. Hube de aprovechar que la inercia seguía empujando hacia delante para reiterarme en la consuetudinaria costumbre de cada verano por disfrutar el mes de vacaciones, buscando aparentar que aquí no hubiese pasado nada, para terminar comprobando que el mundo -tanto aquí como allí- ha cambiado y mucho. Así, los esforzados en continuar el curso de la marcha quedan frenados por la resaca de una marea que les conmina a retroceder. Ésta que sigue no es sino la intrahistoria de esa constatación, retazos desgajados de la memoria cual algas abandonadas por la marea tras la primera tormenta del verano.

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¡Nuevo libro! El latido del cibermono

Estimados lectores y amigos,

El Mono Calvo publica su esperado primer libro en papel de la colección El compás de bitácora, en el que compendia en un solo volumen las dos anteriores entregas disponibles en formato eBook (La Trémula Belleza e Introspecciones Extravertidas), revisadas para la ocasión, a más de incluir un nuevo apartado (el que da título al libro) con el mono ya taquicárdico perdido a causa del dichoso coronavirus.

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Luces

Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo” (Anónimo)

 Recuerdo de muy joven (quiero pensar que con la corteza prefrontal en pleno proceso de maduración) inmerso en la soledad de mi habitación tratando de interiorizar ciertos conocimientos mediante el estudio o la lectura, llegar a sentir en el cerebro una reacción casi física, como si de él se estuviese desprendiendo un velo que hasta entonces no me hubiera dejado mirar -pensar- más allá y que, al liberarlo, diera paso a nuevas y desconocidas percepciones; una sensación a la que se añadía el inquietante presentimiento de estar traspasando los límites de una frontera. Pasada la juventud, con el cerebro y todo lo que cuelga ya creciditos, he gozado y sigo  gozando con la aventura del conocimiento, pero ya nunca he vuelto a sentir ese destello de placer, aquél fulgor físico de mi adolescencia, que tanto se asemejara a un orgasmo. Debo aquí aclarar que, más allá de su aparente relación semántica, el fenómeno nada tenía -ni tiene- que ver con esa masturbatoria fantasía especulativa tan propia de los adultos conocida como paja mental, con perdón. Sigue leyendo

Sombras

Siguiendo una sombra serás la sombra de una sombra” (Fausto Melotti)

 La alegoría platónica de la caverna (siglo IV a. de C.) ya nos simbolizaba cómo los simples reflejos en la pared de la gruta proyectados por el fuego serían ciegamente aceptados como la auténtica y fiel realidad para los que únicamente atisbaran esa referencia como vía de conocimiento (para el caso, encadenados al muro dentro de la caverna) sin ni siquiera llegar a sospechar que lo que ven no son sino apariencias, simples sombras de seres u objetos manejándose tras ellos. Han pasado veinticuatro siglos y una inmensa mayoría de los individuos que conforman -conformamos- el rebaño humano siguen de una u otra forma encadenados al muro, aprisionados los más por las rígidas argollas de regímenes totalitarios y los menos -ciudadanos del llamado mundo libre- cómodamente enrolados en banderas o banderines de conveniencia, desde cuyos pabellones contemplar una realidad virtual envuelta en celofán. Convertidos de una u otra forma en visionarios de sombras, cuando no en enfermos imaginarios afectados por la peor de las cegueras: aquella en la que los videntes no quieren ver. Sigue leyendo

Siglos

¿Qué fue de King Kong, de los psicoanalistas y el jazz?

¿ Qué fue del siglo XX?

¿Qué fue del Dadá, del Big Bang y del “no pasarán”?

Ya se  han quedado atrás…

¿Qué fue del siglo XX?. Estribillo (091, banda de rock español)

 El vocalista, con voz desgarrada pero con su deje de melancolía, sigue preguntándose qué fue de ello, dónde están “las guitarras eléctricas y el LSD, los uniformes fascistas y Juan XXIII, la Beatlemanía o la foto del Che / Un Rolls, un picasso, un misil nuclear, los duros de Franco, los hermanos Marx, el libro de Mao ¿recuerdas Vietnam? / El hombre en la luna y el apartheid, obreros en lucha y el gran Elmore James, la caza de brujas, la sota y el rey / Sé que E es igual a mc al cuadrado (E=mc2), sé que Minnie es la novia de Micky Mouse, sé que tú, sé que yo, estamos desesperados”, y vuelta al estribillo: “¿Qué fue de King Kong…” En fin, una foto-radiografía del siglo en cuatro líneas que no la supera ni el Nobel Günter Grass en esa su colección de cien relatos intercambiados consigo mismo que es “Mi siglo”, antes de enredarse a desgajar los episodios de su vida en “Pelando la cebolla” y acabar descubriendo su autoinculpado pecado de juventud. Sigue leyendo