Cuerpos

“Mi cuerpo, implacable topía1 (Michael Foucault)

 Mediados los años 60 del pasado siglo, el influyente pensador Foucault nos ofrecía, por lo fino, un estructurado análisis en el que contrastaba la inexorable –implacable- y familiar presencia –topía/lugar- de nuestro propio cuerpo y su autotransformación en un utópico lugar fuera de todo lugar –cuerpo sin cuerpo- al que por ello mismo le es dado protagonizar todas nuestras quimeras: un cuerpo (ya sin figura propia) transfigurado a nuestro antojo como bello, límpido, transparente, luminoso, veloz, potente, eterno, desatado, protegido…, y en ese plan. Por esas mismas fechas, un torero llamado Manuel Benítez –El Cordobés- triunfaba en los ruedos y años después, ya retirado, nos ilustraba (éste, a lo bruto) con su particular visión sobre esa misma ontología del ser corporal: “Es mentalizarse y quererse de verdad, sano, ese cuerpo, tener potencia, ser feliz, quererte tu mismo a quererte tu mucho, porque quiere también al que tiene a tu lado y todo sale de verdad, de deporte” (sic). El alegato se contiene sobre una sintaxis manifiestamente mejorable pero su mensaje resulta difícil de superar por verosímil, una revelación en la que se le transparenta todo, llegando a traslucir un alma inocente. Todavía hoy, a sus 83 años, se le sigue recordando como El Cordobés, ese cuerpo. Seguir leyendo “Cuerpos”

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Miedo

“Me da miedo la gente en general, sobre todo cuando se junta” (Albert Pla)

 Hace unos días acudí al teatro Arriaga, en ese nuevo Bilbao que antes fuera villa de lluvia y neobarroco, para asistir a la representación de “Miedo”, el último espectáculo musical del citado Albert Pla, uno de los pocos artistas auténticos (en el sentido de genuino) que aún se pasean por los escenarios sin dejarse llevar por las modas, con esa agraz y personalísima mezcla de hombre-niño transitando por entre los límites de la locura y la genialidad, capaz de enarbolar su personal anarquía (abanderado sin bandera) mientras aparenta divertirse chapoteando sobre los charcos de lo políticamente incorrecto. Un excepcional diamante en bruto (calidad gema) que no alberga intención de ser pulimentado ni venderse en almoneda, un rara avis en peligro de extinción y, por ello mismo, un personaje imprescindible. Seguir leyendo “Miedo”

Sectas

Los fanáticos crean un ensueño y lo convierten en el paraíso de su secta” (John Keats)

 Sabemos que el tamaño del cerebro humano ha ido aumentado de forma gradual y constante en los últimos tres millones de años y, en su evolución, el córtex (donde radica la inteligencia) se fue sobreponiendo paulatinamente a los primitivos bulbos del sistema límbico (que gobiernan nuestras emociones) y nos emparentan con el Australopithecus, por no decir con las lagartijas. Aún así no se ha llegado a una fase evolutiva suficiente como para evitar que los humanos nos conduzcamos por prejuicios, que nuestras decisiones o afiliaciones (y consecuentes filiaciones) no se fundamenten en razones, sino en propensiones emocionales que luego (solo a posteriori) intentan racionalizarse. Nos encontramos por ello en un estadio de la evolución en la que los individuos de nuestra especie, definidos aristotélicamente como animales racionales, más bien seamos unos animales emocionales intentando (con desigual éxito) convertirnos en racionales. Seguir leyendo “Sectas”

Solsticio

La primavera del espíritu florece en invierno” (Antonio Porchia, Voces_1943)

 Como cada año, en la noche de luna llena del pasado veintiuno de diciembre el sol volvió a aquietarse un instante al alcanzar su máxima declinación correspondiendo en nuestro hemisferio con el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico a partir del cual comienza a abrirse a modo de péndulo ese compás de la luz con el que definimos el tiempo y el espacio. Desde hace algunos años me embarga un impulso ancestral por acoplar esas pautas a las pulsaciones de mi particular ritmo interior, la sentida necesidad de incorporar la naturaleza a la propia vida por lo que, una vez vencidas las Navidades, me detengo a observar regularmente cómo en el jardín el sol va mordiendo día a día la oscuridad con una cadencia muy precisa mientras, desprevenidamente, la luz se desliza hacia los setos del cercado hasta finalizar su conquista, allá por el veintidós de marzo, con la llegada del equinoccio de primavera. Un logro que festejo como si de una victoria propia se tratara, desde la íntima convicción de que solsticios y equinoccios son los hitos que marcan la vida en la naturaleza (el nacimiento, el crecimiento, la madurez y la muerte, que conlleva la regeneración) simbolizando así la constatación del eterno círculo de la existencia. Seguir leyendo “Solsticio”

Vértigo

La expansión del universo y la contracción del átomo son expresiones equivalentes”                         (Arthur S. Eddington)

En las largas y cálidas noches estrelladas de verano, tumbado en una hamaca de algún jardín de ese sur borgiano al que siempre retorno, observo cómo la bóveda celeste enciende puntualmente sus luces relampagueantes para permitirme contemplar la armonía de unas constelaciones resueltas en un equilibrio algebraico. Permanezco largo tiempo con la mirada absorta frente a ese cosmograma indescifrable, como un náufrago en su salvavidas ante la carta náutica, presto a principiar una larga travesía por mi propio océano interior. Siento el afán metafísico por experimentar la mística de una contemplación pura, en un vano intento por abstraerme de las leyes físicas pues el subconsciente no me deja olvidar que navego sobre la superficie de un planeta que gira a treinta kilómetros por segundo sobre su eje de rotación al tiempo que se traslada alrededor del Sol que, a su vez, circula desplazándose en espiral en torno a la galaxia. Una Vía Láctea en constante aproximación a la cercana Andrómeda con el ineludible destino de devorarse entre sí mientras, en ese su fatal periplo, ambas se encaminan inexorablemente al suicidio dentro de un Grupo Local de galaxias inmersas en el cúmulo de Virgo, inconteniblemente impelidas hacia ese enorme e inalcanzable ente gravitatorio que los astrónomos denominan Gran Atractor. Experimento, en definitiva, la breve y minutísima visión que le es permitida a este insignificante náufrago atrapado en el bucle de ese proceso físico irreversible que ya va por los catorce mil millones de años en expansión.

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Sexo

Somos el sexo y muy poco más” (Anónimo)

Más que al sexo en sí (simple anécdota del dimorfismo sexual-genital) me quiero referir aquí a eso que antes se llamaba la cosa sexual, en acertada expresión a la vez ecuménica e irónica que el subconsciente colectivo lo concernía a cualesquiera de las estrellas, planetas, polvo cósmico, materia o energía oscura que permaneciese en el área de influencia de la constelación Sexo. Un suponer, te encontrabas con el compañero de la residencia universitaria y, al poco del saludo, ya cabía establecer una charla de este tenor: ¿qué, y tu cómo llevas la cosa sexual? a lo que, ante tamaña pregunta de sideral magnitud, la conversación lo mismo podía derivar en apreciaciones relativas al último ligue de discoteca, en algún comentario machista más o menos falocrático o bien, girar hacia una confesión íntima sobre ciertos aspectos idílicos desvelados en la última carta a la novia del pueblo. Eran unos tiempos en los que la mayoría de nosotros “vivía amancebado con su mano” (Quevedo), pero de eso no se hablaba.

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Identidades

La cultura es el ejercicio profundo de la identidad” (Julio Cortázar)

Hace unos días me hicieron o -por mejor decir- lo intentaron, una de esas encuestas telefónicas de opinión (ese decisivo instrumento al que recurren todos los que entienden la democracia como una forma –un abuso, según Borges- de la estadística) sobre los sentimientos identitarios concitados en función exclusiva del lugar de nacimiento o, llegado el caso, el de la residencia habitual. La entrevistadora me conminaba a que le revelase el grado comparativo (más-igual-menos) de pertenencia que sentía hacia mi pueblo (representado para el caso en la Autonomía) en relación con el de la nación (del Estado, según la susodicha), así, a palo seco y sin mayores adornos. Sospecho que la contestación que en aquél momento improvisé no encontrara acomodo apropiado en las casillas de su modelo de cuestionario, mas aprovecho la circunstancia para abrir una reflexión sobre la Identidad, ésta sí con mayúscula que, al tiempo, pueda servir a la consultora como respuesta por elevación a su fallido sondeo.

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Masas

Solo el hombre culto es libre” (Epicteto de Frigia, siglo I)

Los que profesamos el estoicismo en cualquiera de sus formas, una filosofía total de la vida aplicada a sus tres ramas: lógica, ética y física (materia ésta que hoy quedaría englobada -a la manera del positivismo comtiano– junto con las matemáticas, la astronomía, la química, la biología y la sociología, a lo que yo añadiría la economía), damos por consabido que el bien se encuentra en la sabiduría y el dominio del alma. Sus principios no prometen ni aseguran nada externo al hombre1 pues, del mismo modo en que la materia del carpintero es la madera y el bronce la del escultor, el objeto del arte de vivir (saber vivir-savoir-vivre) es nuestra propia vida (cada persona como miembro esencial de la familia universal, lejos de barreras regionales, sociales o raciales). Enseñanzas éstas que por sí solas hubieran podido parecer o, más bien, hubiésemos querido creer (a la vista está que erróneamente) antídoto suficiente como para haber dejado vacunada a la humanidad contra esta epidemia de individuos sin individualidad, espécimen hacia el que finalmente ha evolucionado (en paradójico avance hacia la retaguardia, también llamado retroceso) el contribuyente moderno: un hombre camuflado en la masa, hermoso pero débil ejemplar híbrido, fruto de la transformación del original hombre-masa de Ortega en su desesperado intento por adaptarse al nuevo hábitat, un ecosistema definido brillantemente por Bauman como sociedad o modernidad líquida.

hombre masa orteguiano + modernidad líquida baumaniana = hombre camuflado en la masa

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Resurrección

Según el manual de la resurrección, el primer requisito que se exige para resucitar es estar vivo” (Sinopsis. Son de Mar)

He estado considerando muy seriamente la exigida premisa arriba citada (asumida ya como requisito imprescindible para resurgir de cualquier forma de desfallecimiento) antes de disponerme a renacer (en gloriosa resurrección de la carne) a un verano ya vencido que había depositado en mí (tal como dejé expresado en el post anterior del mismo nombre) un agridulce poso de melancolía y que ahora me impongo superar sin excusa ni pretexto posibles. Me obligo con ello a elevarme por encima de la debilidad implícita en la cita del profeta Ezequiel (la misma que el criminal de poca monta Jules Winnfield -Samuel L. Jackson- recita sin convicción, como de pasada, en Pulp Fiction antes de pegarle un tiro a algún pichón de su misma o parecida calaña) en la que se relata (dicho sea con la misma ironía y ambivalencia desplegadas en la película por el propio Tarantino) que el camino del hombre recto está por todos lados rodeado por la avaricia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos.

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Verano

¡Oh, vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba de las estrellas! ¿Sabéis su nombre? Su nombre es belleza.” (Hölderlin. Hiperión)

¿Quién no ha cerrado los ojos y ha sentido revivir aquellos veranos idealizados que simbolizan pasadas plenitudes, paraísos perdidos que jamás volveremos a gozar, aquellas noches de amor y sexo en la playa frente a un cálido y solitario mar de olas armoniosas, bajo la luz estrellada de una bóveda celeste infinita y maternal cobijando nuestros cuerpos desnudos como excepcional testigo de aquella eternidad acariciada?. Al igual que nosotros, también algunos ejemplares muy escogidos de mejillón, de entre la miríada de moluscos que acaban formando parte sustancial de los lechos arenosos, en su día (mientras liberaban los espermatozoides en las templadas aguas, estimulando a las hembras para que hicieran lo propio con sus óvulos) se sintieron héroes: hoy el mar ya no les recuerda. Yo, por el contrario, sí he continuado acordándome de ese mar, veo en la noche sus aguas plateadas por el reflejo de los nebulosos astros, escucho el sonido grave y profundo de sus mareas, huelo la brisa fresca y brumosa del amanecer con su aroma salobre, mientras siento la plenitud vital del perfumado sexo… Ésta ha sido y no otra la recurrente e inevitable imagen dizque melancólica que, un año sí y otro también, proyectaba mi memoria pensando en el verano (así, con artículo determinado) o, por decirlo de otra forma, al presentir la inminencia de las vacaciones.

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