Mediterráneamente

Solo la música está a la altura del mar” (Albert Camus)

Los que nos enamoramos oyendo a Serrat cantar poéticamente a un Mediterráneo femenino y  núbil “te acercas, y te vas / después de besar mi aldea / jugando con la marea / te vas, pensando en volver / eres como una mujer…” volvemos repetidamente a sus orillas con un vano anhelo por ver si, amontonado en la arena, aún queda rastro de aquél primer amor que dejáramos olvidado bajo una luz y un olor que ya nos acompañarían para siempre y ¡mira por dónde! resulta que ahora ese azul y ese mar nos lo encontramos machacona y “mediterráneamente” transfigurado en adverbio de modo (de los terminados en mente) como leitmotiv de un relamido anuncio de cervezas.

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Cuenqueando

 Cuenca, toda de plata,
quiere en ti verse desnuda,
y se estira, de puntillas,
sobre sus treinta columnas.
No pienses tanto en tus bodas,
no pienses, agua del Júcar,
que de tan verde te añilas,
te amoratas y te azulas.

(Gerardo Diego. Romance del Júcar, fragmento) 

Y el poeta prosigue advirtiendo a esas aguas del río tan verdes (verdes ojos, verdes lunas) que aún es pronto para soñar “tan niña” con mediterráneas nupcias: No te pintes ya tan pronto / colores que no son tuyas. / Tus labios sabrán a sal, / tus pechos sabrán a azúcar / cuando de tan verde, verde, / ¿dónde corpiños y lunas, / pinos, álamos y torres / y sueños del alto Júcar? 

Al igual que el Júcar, antes de seguir mi viaje vacacional hasta desembocar en las recurrentes costas de la cuenca mediterránea, me detengo en la gentil y abstracta Cuenca para así emboscarme unos días “cuenqueando” por entre sus hoces y serranías. Al llegar, la tarde va posando su luz de oro viejo sobre las altas fachadas de un barrio de San Miguel que trepa siguiendo el perfil de la hoz y donde, bajo el paseo del parque fluvial, es dado entrever “gerardianamente” cómo esas aguas-niña se pintan de un aguamarina azul verdoso que transmuta a turquesa verde azulado en el rubor temprano de un río núbil que se asoma a las espumas del soñar para, de tan evocador modo, anticipar el mar.

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Canaria`s

Por doquiera que el hombre vaya, lleva consigo su novela” (Benito Pérez Galdós)

Si Homero levantara la cabeza y viera que Hermes -el que fuera heraldo de los dioses- es un bolso, si no una corbata, pensaría que para ese viaje no merecía la pena haber escrito La Odisa ni enviado a Ulises a semejante periplo donde toparse con la furia de Poseidón y llegar al Averno a través de las míticas islas de Calipso, de Eolo, de los Lestrigones o de Circe hasta volver a Ítaca, su patria, con la enamorada Penélope. Hoy soy yo, un simple mortal, el que de nuevo se dirige a esas islas afortunadas aerotransportado sobre un Atlántico que ya nada tiene que ver con aquella travesía a lo desconocido -allende las columnas de Hércules- rumbo a esos míticos lugares australes hacia donde hubo de navegar nuestro héroe. Valga como ejemplo de esta regresión anunciada el que, para este viaje nada iniciático, vengo calzado nada menos que por Nike, la alada diosa griega de la Victoria ¿podremos caer más bajo?

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Madriles

Madrid es una gran ciudad, o por lo menos una ciudad grande” (Francisco Umbral)

Siempre que voy a Madrid me recuerdo como aquél estudiante que, cuando entonces, arribara a la gran ciudad advertido de un perceptible aire paleto y al que inopinadamente, casi sin querer, se le fuesen borrando -al menos a la vista- las traicioneras marcas de la boina al tiempo que se desprendían otras divisas no menos delatoras, esas que cuelgan de los propios prejuicios como si de inseparables compañeros de viaje se tratasen. Así es como, modernizado adecuadamente, al correr de los años seguí frecuentado la capital del Reino con renovado desparpajo social y también ¿porqué no decirlo? cultural. Actitud en nada parecida -más bien contraria- a ese incívico modus operandi  desplegado por la mayoría de los tantos y tan achispados turistas que, cual rebaño, vemos hoy abrevar en las numerosas tabernas que salpican las itinerantes cañadas trazadas por las turoperadoras. Heme aquí pues una vez más, sin agencia que pastoree mi gira, dispuesto a dejarme sorprender por este gran poblachón manchego (Azorín) que esconde intramuros diversos e inesperados Madriles.

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Pellejo

Nada hay más profundo que la piel” (Paul Valéry)

Venía de ver en el Kursaal de San Sebastián la propuesta de la artista palentina Marina Núñez bajo el sugestivo título de Sin piel, exposición concebida específicamente para la sala Kubo, que nos adentra en un universo visual desde donde llegar a cuestionar las fronteras entre la naturaleza, el artificio y el hombre -la mujer, para el caso- dejando así, como el que no quiere la cosa, difuminados los límites de la propia identidad. Cuerpos flotando en la ambigüedad de lo liminal, esa zona en la que algo deja de ser lo que es -lo que era- para transformarse en otra cosa, fluyendo a través de la parte más humana de nuestro cuerpo -la piel- esa recurrente frontera que, a la misma vez que nos aísla, nos conecta con el exterior. Mientras transito esa aparente dualidad, en mi condición de persona “profundamente superficial” (Warhol) que huye de los enredos de lo superficialmente profundo, busco la dimensión insondable en las vibrantes experiencias corporeizadas a través de esa fina envoltura que nos cobija.

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Primaveral

Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

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Easo

De una ciudad no disfrutas las siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya ” (Italo Calvino)

Soy de los que piensan que, en la vida -como en la literatura- hay que intentar a toda costa evitar los lugares comunes. Para el caso, librarse del cliché de lo bonita que es San Sebastián repetido por propios y extraños como una letanía que, en su machacona insistencia, termina resultando cargante. Reacción pareja al repelús que llegan a producir ciertos niños repipis (pobrecitos) cuyas madres te restriegan sin medida ni pudor lo guapos y listos que son, condenándolos sin remisión a la antipática condición de repelentes. Sea por una vez, saltando a la torera mis propios principios, me dejo llevar por el topicazo y doy en hospedarme, acompañado de mujer e hija, en el icónico Hotel de Londres (tal como Mata Hari lo hiciera con alguna frecuencia durante la Primera Gran Guerra) y donde -con el regusto añadido que presta la condición de forastero- aún nos es dado desayunar en la cama frente a un balcón abierto con vistas a ese milagro permanente de La Concha para así, entre sorbo y sorbo de café, aspirar a bocanadas la primaveral brisa de abril que penetra desde la bahía. La Bella Easo, o sea.

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Hábitat

Vivir es buscar el lugar donde poder amar” (Joan Margarit)

Hasta ayer por la tarde, tanto la noción de hábitat como la del subsiguiente posicionamiento en el nicho ecológico de cada especie (humanos incluidos) se habían venido considerando asuntos connaturalmente inseparables de sus ecosistemas. Ahora bien, desde que hace medio siglo pisamos la luna, nos hemos ido viniendo arriba y hoy es el día en que las misiones espaciales se suceden como churros, promovidas por las agencias estatales de los de siempre (el aún hegemónico EEUU o la inasequible Rusia) con Europa en su papel de actor secundario e India en plan low cost, a los que últimamente se les están uniendo los nuevo ricos (China y Emiratos) que, para no variar, gastan las mismas o parecidas ansias colonizadoras que sus predecesores. Así, apenas hace unos días pudimos ver en directo aterrizar (amartizar suena algo forzado) al robot Perseverance en el planeta rojo, retransmitido en un vibrante español por jóvenes (a más de inteligentes y bellas) ingenieras latinas de la NASA. Por si ello fuera poco, la iniciativa privada ha llegado para quedarse y aventurados (más por peligrosos que por aventureros) magnates globalistas como Elon Musk, Jeff Bezos… u otros de parecido pelaje, hace ya algún tiempo que anunciaron sus planes para, mañana mejor que trasmañana, llegar a establecer asentamientos humanos. Cuestiones unas y otras que, aún conteniendo en sí profusas y variadas lecturas, pareciesen estar pidiendo a gritos una reflexión sobre los actuales límites o futuros confines del hábitat humano (lo de las ingenieras latinas merece artículo aparte).

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Civilización

Toda cultura lleva dentro de sí un corazón de barbarie ” (Walter Benjamin)

No puedo evitar la tentación de imaginar como cierta la anécdota de aquél viajero que desde su asiento de ventanilla, recién acabado de embarcar, le comenta al pasajero de al lado cómo, desde la altura, las personas pareciesen hormigas, a lo que éste le replica sin disimular su asombro: es que son hormigas, aún no hemos despegado. Al poco, el avión remonta el vuelo y el interpelado se pone a observar con renovada curiosidad el panorama de aquella metrópoli que se va alejando bajo sus ojos, una jungla moviéndose en enjambre percibida como los tentáculos de un organismo superior que se dirige hacia algún recóndito atractor, tal que una plaga migratoria a punto de constituirse en marabunta. Indeliberadamente ladea la cabeza y, entornando los ojos, dirige una mirada de soslayo a aquél desconocido que, sin motivo aparente, le ha llevado a sentir por un momento el desasosiego de una cierta inquietud. Sumido en esa especie de sugestión emocional, entrecierra los ojos dispuesto a adormilarse.

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Máscaras

Cuando quise quitarme la máscara,

estaba pegada a la cara.

Cuando me la quité y me miré al espejo,

ya había envejecido

(Fernando Pessoa. Tabaquería, fragmento)

Hace ya algunos años, jugando sin juguetes con una sobrinita muy espabilada de poco más de cinco años, no se me ocurrió otra idea mejor que colocarme una máscara de tigre que había en la casa y sin previo aviso, por observar su reacción, dar un salto hacia ella al tiempo que ensayaba un amenazante rugido que más bien acabó resultando gruñido; cuál fue mi sorpresa al ver que, lejos de asustarse, se vino hacia mí para preguntarme si estábamos jugando a los gatitos. Salvadas las distancias, algo parecido a lo que le sucedió a aquél periodista sueco cuando llegó a titular la noticia del intento de golpe de estado del 23-F diciendo que en España un torero con pistola había asaltado el Congreso. Ambos episodios contienen en sí la misma escisión metafísica entre significante y significado, ese nudo gordiano de toda interacción social simbólica en la comunicación interpersonal. Para el caso, tigre-gato o tricornio-montera no dejan de ser sino los objetos significantes -referentes- cuyos significados pueden diferir en función del receptor de turno, descolocando así al respetable.

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