Máscaras

Cuando quise quitarme la máscara,

estaba pegada a la cara.

Cuando me la quité y me miré al espejo,

ya había envejecido

(Fernando Pessoa. Tabaquería, fragmento)

Hace ya algunos años, jugando sin juguetes con una sobrinita muy espabilada de poco más de cinco años, no se me ocurrió otra idea mejor que colocarme una máscara de tigre que había en la casa y sin previo aviso, por observar su reacción, dar un salto hacia ella al tiempo que ensayaba un amenazante rugido que más bien acabó resultando gruñido; cuál fue mi sorpresa al ver que, lejos de asustarse, se vino hacia mí para preguntarme si estábamos jugando a los gatitos. Salvadas las distancias, algo parecido a lo que le sucedió a aquél periodista sueco cuando llegó a titular la noticia del intento de golpe de estado del 23-F diciendo que en España un torero con pistola había asaltado el Congreso. Ambos episodios contienen en sí la misma escisión metafísica entre significante y significado, ese nudo gordiano de toda interacción social simbólica en la comunicación interpersonal. Para el caso, tigre-gato o tricornio-montera no dejan de ser sino los objetos significantes -referentes- cuyos significados pueden diferir en función del receptor de turno, descolocando así al respetable.

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Sombras

Siguiendo una sombra serás la sombra de una sombra” (Fausto Melotti)

 La alegoría platónica de la caverna (siglo IV a. de C.) ya nos simbolizaba cómo los simples reflejos en la pared de la gruta proyectados por el fuego serían ciegamente aceptados como la auténtica y fiel realidad para los que únicamente atisbaran esa referencia como vía de conocimiento (para el caso, encadenados al muro dentro de la caverna) sin ni siquiera llegar a sospechar que lo que ven no son sino apariencias, simples sombras de seres u objetos manejándose tras ellos. Han pasado veinticuatro siglos y una inmensa mayoría de los individuos que conforman -conformamos- el rebaño humano siguen de una u otra forma encadenados al muro, aprisionados los más por las rígidas argollas de regímenes totalitarios y los menos -ciudadanos del llamado mundo libre- cómodamente enrolados en banderas o banderines de conveniencia, desde cuyos pabellones contemplar una realidad virtual envuelta en celofán. Convertidos de una u otra forma en visionarios de sombras, cuando no en enfermos imaginarios afectados por la peor de las cegueras: aquella en la que los videntes no quieren ver. Seguir leyendo

Redes

«La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad» (Umberto Eco)

En su última novela “Número cero” (Numero zero, 2015), la historia de un editor que logra manipular a los poderosos por medio de un periódico que nunca sale a la luz, nos encontramos a un director confesando ante la redacción que “los periódicos nos cuentan lo que ya sabemos, por eso venden cada vez menos” (lo que, desde la llegada de la TV y la consiguiente transformación del homo sapiens en homo videns, intuíamos) y a un aguerrido reportero proclamando que “los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias” utilizando para ello el disolutivo método de ahogarlas por inundación, algo que posteriormente Internet se ha encargado de multiplicar hasta el paroxismo. En ese tono sarcástico tan característico el propio Umberto Eco ya había sentenciado que “Las redes sociales han generado una invasión de imbéciles que le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios”. Un diagnóstico radical pero útil que nos debe servir como aviso a navegantes (nunca mejor dicho) en nuestras singladuras por la red de redes. Opinión dada por voz muy autorizada contra la que no dispongo de la fuerza moral suficiente como para rebatirla, pero sí del ánimo necesario para esforzarme por evitar quedar afiliado en alguno de sus disfemismos (tonto, imbécil, idiota o necio). Seguir leyendo