Mediterráneamente

Solo la música está a la altura del mar” (Albert Camus)

Los que nos enamoramos oyendo a Serrat cantar poéticamente a un Mediterráneo femenino y  núbil “te acercas, y te vas / después de besar mi aldea / jugando con la marea / te vas, pensando en volver / eres como una mujer…” volvemos repetidamente a sus orillas con un vano anhelo por ver si, amontonado en la arena, aún queda rastro de aquél primer amor que dejáramos olvidado bajo una luz y un olor que ya nos acompañarían para siempre y ¡mira por dónde! resulta que ahora ese azul y ese mar nos lo encontramos machacona y “mediterráneamente” transfigurado en adverbio de modo (de los terminados en mente) como leitmotiv de un relamido anuncio de cervezas.

Seguir leyendo

Mémesis

Los hombres se equivocan, en cuanto que piensan que son libres; y esta opinión solo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados. Su idea de libertad es, pues, ésta: que no conocen causa alguna de sus acciones” (Spinoza. Ética, 1677)

La originalidad ya sabemos que no existe (nada es nuevo bajo el sol) así que la mímesis como “imitación de la realidad” nos sirve en el afán por renovar creativamente sus representaciones, para realizar variaciones -recreaciones- de aspectos relevantes de esa realidad que, si le hacemos caso al pesado de Lacan, es precaria y no deja de ser un montaje o registro simbólico e imaginario de lo real. Ahora bien, de ahí a tener que tragar con la ingente profusión de memes puestos en circulación, esa nutrida sarta de estupideces nada inocentes que día a día nos invaden (por) doquier viralizados desde el ciberespacio, como la última y casi única fórmula de entender nuestra existencia, media un abismo. Un fenómeno al que he dado en bautizar (y titular) como mémesis, un palabro a caballo entre la mímesis de los imitados memes y la némesis, entendida ésta como rival o enemigo del conocimiento, a más de incidir en ese otro buscado paralelismo semántico con los individuos -los memos y las memas- que conforman esas desnortadas bandadas de internautas, si no con la memez misma.

Seguir leyendo

Sombras

Siguiendo una sombra serás la sombra de una sombra” (Fausto Melotti)

 La alegoría platónica de la caverna (siglo IV a. de C.) ya nos simbolizaba cómo los simples reflejos en la pared de la gruta proyectados por el fuego serían ciegamente aceptados como la auténtica y fiel realidad para los que únicamente atisbaran esa referencia como vía de conocimiento (para el caso, encadenados al muro dentro de la caverna) sin ni siquiera llegar a sospechar que lo que ven no son sino apariencias, simples sombras de seres u objetos manejándose tras ellos. Han pasado veinticuatro siglos y una inmensa mayoría de los individuos que conforman -conformamos- el rebaño humano siguen de una u otra forma encadenados al muro, aprisionados los más por las rígidas argollas de regímenes totalitarios y los menos -ciudadanos del llamado mundo libre- cómodamente enrolados en banderas o banderines de conveniencia, desde cuyos pabellones contemplar una realidad virtual envuelta en celofán. Convertidos de una u otra forma en visionarios de sombras, cuando no en enfermos imaginarios afectados por la peor de las cegueras: aquella en la que los videntes no quieren ver. Seguir leyendo

Martillos

Supongo que es tentador, si solo tienes un martillo, tratar a todo como si fuera un clavo” (Abraham Maslow)

 Puede resultar en verdad tentador, a más de desahogado, intentar explicar y solucionarlo todo con una sola herramienta con la que nos sintamos cómodos o familiarizados, sea ésta un martillo, una teoría, idea, prejuicio o creencia. Sirva como metáfora de la actualidad el citado aforismo, una proposición atribuible a Mark Twain (incluso a Oscar Wilde) que Maslow popularizara y que su tocayo, el filósofo conductista Kaplan, la acabaría expresando más gráficamente si cabe: “si le das a un niño un martillo, le parecerá que todo lo que encuentra necesita un golpe”. En cualquier de sus formas nos estamos refiriendo a lo mismo, la conocida en psicología como ley del martillo que luego se etiquetara por lo fino como Observación de Baruch, en honor a Bernard Baruch de los Baruch de toda la vida. Seguir leyendo