León

África-Hispania-Irlanda: ésta era una ruta dorada por la que el conocimiento de la Antigüedad alcanzó la Edad Media” (John M. Wallace-Hadrill)

Tal como recoge el historiador medievalista Sánchez-Albornoz en su erudita obra “Una ciudad de la España cristiana hace mil años”, en los albores del primer milenio se vino en forjar sobre la romana Legio una urbe en la que hombres y mujeres -como hoy, como siempre- luchaban denodadamente para ser felices en su intento por labrar un futuro mejor para sus hijos. En aquél tiempo esa vida se fraguaba al calor de la Reconquista, desde un reino astur-leonés regido por genuinos monarcas ibéricos (Garcías, Ordoños, Alfonsos, Ramiros, Sanchos… incluida sea la indómita Urraca, así llamada La Temeraria) asentados en una corte de León convertida en la nueva cabeza del reino. 

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Mediterráneamente

Solo la música está a la altura del mar” (Albert Camus)

Los que nos enamoramos oyendo a Serrat cantar poéticamente a un Mediterráneo femenino y  núbil “te acercas, y te vas / después de besar mi aldea / jugando con la marea / te vas, pensando en volver / eres como una mujer…” volvemos repetidamente a sus orillas con un vano anhelo por ver si, amontonado en la arena, aún queda rastro de aquél primer amor que dejáramos olvidado bajo una luz y un olor que ya nos acompañarían para siempre y ¡mira por dónde! resulta que ahora ese azul y ese mar nos lo encontramos machacona y “mediterráneamente” transfigurado en adverbio de modo (de los terminados en mente) como leitmotiv de un relamido anuncio de cervezas.

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Cuenqueando

 Cuenca, toda de plata,
quiere en ti verse desnuda,
y se estira, de puntillas,
sobre sus treinta columnas.
No pienses tanto en tus bodas,
no pienses, agua del Júcar,
que de tan verde te añilas,
te amoratas y te azulas.

(Gerardo Diego. Romance del Júcar, fragmento) 

Y el poeta prosigue advirtiendo a esas aguas del río tan verdes (verdes ojos, verdes lunas) que aún es pronto para soñar “tan niña” con mediterráneas nupcias: No te pintes ya tan pronto / colores que no son tuyas. / Tus labios sabrán a sal, / tus pechos sabrán a azúcar / cuando de tan verde, verde, / ¿dónde corpiños y lunas, / pinos, álamos y torres / y sueños del alto Júcar? 

Al igual que el Júcar, antes de seguir mi viaje vacacional hasta desembocar en las recurrentes costas de la cuenca mediterránea, me detengo en la gentil y abstracta Cuenca para así emboscarme unos días “cuenqueando” por entre sus hoces y serranías. Al llegar, la tarde va posando su luz de oro viejo sobre las altas fachadas de un barrio de San Miguel que trepa siguiendo el perfil de la hoz y donde, bajo el paseo del parque fluvial, es dado entrever “gerardianamente” cómo esas aguas-niña se pintan de un aguamarina azul verdoso que transmuta a turquesa verde azulado en el rubor temprano de un río núbil que se asoma a las espumas del soñar para, de tan evocador modo, anticipar el mar.

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Primaveral

Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

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Desfases

El aburrimiento da la capacidad para experimentar el presente” (Martin Heidegger)

 Recuerdo como si fuera ayer una anécdota, acontecida allá por los años 70, de esas que bien merecen ser elevadas a categoría. En una visita familiar de unos parientes más o menos lejanos, mi padre le inquiere a un medio primo suyo (con un cierto grado de deficiencia o minusvalía mental) por la razón que le lleva a lucir en la muñeca un reloj que no funciona. La respuesta que escuché en primera persona, y que aún guardo en la memoria, es digna de Petronio (el que fuera nombrado por Nerón consejero de estilo o árbitro de la elegancia): “No, no funciona, pero hace bonito”. Desde que Marcel Duchamp hubo estampado su firma sobre un mingitorio y lo re-significara como Fuente, no había conocido de cerca un ejemplo tan preclaro de iconoclasia y, por ende, de modernidad. Origen y ejemplo de ese ready-made –arte u objeto encontrado- de las vanguardias y antecesor, más que preludio o antecedente, del desfase posmoderno que hoy nos confunde. Seguir leyendo

Jardines

Hoy, diez de agosto, es el día en el que he comenzado a redactar este post con la intención de que fuera el primero de una anunciada segunda serie de microrrelatos, pero el tema ha rebasado en mucho mis expectativas y, ante la incapacidad de poder siquiera esbozarlo en poco más de cien palabras, ha pasado a convertirse en relato único. (El mono calvo)

Como a una invocación, a una llamada irresistible de las artes, acudo a la propuesta de danza contemporánea El jardín de las delicias (de la coreógrafa canadiense Marie Chouinard) que se escenifica en el teatro romano de Sagunto, basada en el tríptico del mismo nombre realizado por El Bosco (Jheronimus Bosch) hace poco más de 500 años. Teatro, cuadro y espectáculo (historia, arquitectura, pintura y danza) nada menos, unidos con un mismo fin estético y, por lo tanto ético, a la manera wittgensteiniana (La obra de arte-estética es el objeto visto sub specie aeternitatis y la buena vida-ética es el mundo visto sub specie aeternitatis. No otra cosa es la conexión entre arte-estética y ética) esa spinoziana perspectiva eterna, intemporal, que provoca en mí un impulso irreprimible. Desde el centro histórico de la ciudad subimos por la empinada calle Castillo, en cuyas balconadas cuelgan telas de buen tamaño pintadas con alegres motivos florales que vivifican el espacio, cenamos en uno de los numerosos restaurantes que allí se concentran y así, con el espíritu dispuesto, nos encaminamos al teatro. Seguir leyendo