Primaveral

Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

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Easo

De una ciudad no disfrutas las siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya ” (Italo Calvino)

Soy de los que piensan que, en la vida -como en la literatura- hay que intentar a toda costa evitar los lugares comunes. Para el caso, librarse del cliché de lo bonita que es San Sebastián repetido por propios y extraños como una letanía que, en su machacona insistencia, termina resultando cargante. Reacción pareja al repelús que llegan a producir ciertos niños repipis (pobrecitos) cuyas madres te restriegan sin medida ni pudor lo guapos y listos que son, condenándolos sin remisión a la antipática condición de repelentes. Sea por una vez, saltando a la torera mis propios principios, me dejo llevar por el topicazo y doy en hospedarme, acompañado de mujer e hija, en el icónico Hotel de Londres (tal como Mata Hari lo hiciera con alguna frecuencia durante la Primera Gran Guerra) y donde -con el regusto añadido que presta la condición de forastero- aún nos es dado desayunar en la cama frente a un balcón abierto con vistas a ese milagro permanente de La Concha para así, entre sorbo y sorbo de café, aspirar a bocanadas la primaveral brisa de abril que penetra desde la bahía. La Bella Easo, o sea.

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