Apocalipsis

La gente dice que deberíamos dejar un planeta mejor para nuestros hijos. Es cierto, pero también es importante dejar unos hijos mejores para nuestro planeta” (Clint Eastwood)

 En el Libro de Joel el profeta (menor) sitúa el Juicio Final en el valle de Cedrón, también llamado de Josafat -a las faldas de la ciudad vieja de Jerusalén- donde el fin del mundo será anunciado con un atronador sonido de trompetas que los ángeles fieros tocarán para despertar a los muertos (ya van por encima de los cien mil millones, mal contados) que desfilarán por entre las tinieblas, en ingente marea de una humanidad culpable, bajo una lluvia de fuego; un escatológico día de la ira ratificado siglos después por autoridad de mayor rango en el Apocalipsis, atribuido nada menos que a San Juan. Hoy, en este mundo globalizado y posmoderno, ese siniestro oficio de los antiguos profetas que se relamían anunciando toda suerte de calamidades reservadas para nuestras postrimerías lo desempeña de manera inquietante una tal Greta y, con algo más de enjundia, lo vienen pronosticando los hombres (o las mujeres) del tiempo, a más del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) en las proyecciones publicadas en su famoso Informe Especial sobre Calentamiento Global (SR15) del pasado año. Seguir leyendo