Inmortalidad

 “Nuestra alma es biodegradable, pero el plástico es inmortal” (M. Vicent)

Exceptuados los mil años del medievo (y a los no pocos que aún siguen en él) durante los cuales fuimos inmortales por obra y gracia de la taumatúrgica posibilidad de salvar nuestra alma con la sola condición de cumplir ciertos preceptos, no habíamos vuelto a tener semejante oportunidad hasta hoy en que tal ensoñación vuelve a aparecer como una posibilidad al alcance de la mano, pero esta vez bajo el requisito de salvar el propio cuerpo. Fiel a esta nueva religión, he iniciado su laica liturgia tuneándome la cadera y me temo que, tarde o temprano, no será lo último que tenga que injertarme en este cuerpo serrano si quiero alcanzar esa pretendida inmortalidad mitológica solo reservada -hasta ahora- a los semidioses.

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Sur

 “Sólo me queda el goce de estar triste,

esa vana costumbre que me inclina

al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

(Jorge Luis Borges. Poema 1964, terceto final)

Poema de madurez en el que Borges muestra su resignación frente a la ceguera (entendida como metáfora de una pérdida) en donde el yo poético dialoga desde la melancolía añorando la propia visión como si su ausencia significara la ruptura de una larga y amorosa relación sentimental, pasando así -simbólicamente- de la claridad a una oscuridad que le acerca a la muerte. En este último verso citado, no obstante, parece consolarse mediante la paradójica licencia de aceptar el goce de estar triste, para acabar evocando su querencia al Sur (hacia un Buenos Aires recordado) inmerso en esa contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura… Al igual que el maestro yo también me siento inclinado al Sur, en busca de la clara luna y los lentos jardines olvidados en cierta puerta, en cierta esquina de una juventud perdida. Sevilla, o sea.

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Primaveral

Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

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Siglos

¿Qué fue de King Kong, de los psicoanalistas y el jazz?

¿ Qué fue del siglo XX?

¿Qué fue del Dadá, del Big Bang y del “no pasarán”?

Ya se  han quedado atrás…

¿Qué fue del siglo XX?. Estribillo (091, banda de rock español)

 El vocalista, con voz desgarrada pero con su deje de melancolía, sigue preguntándose qué fue de ello, dónde están “las guitarras eléctricas y el LSD, los uniformes fascistas y Juan XXIII, la Beatlemanía o la foto del Che / Un Rolls, un picasso, un misil nuclear, los duros de Franco, los hermanos Marx, el libro de Mao ¿recuerdas Vietnam? / El hombre en la luna y el apartheid, obreros en lucha y el gran Elmore James, la caza de brujas, la sota y el rey / Sé que E es igual a mc al cuadrado (E=mc2), sé que Minnie es la novia de Micky Mouse, sé que tú, sé que yo, estamos desesperados”, y vuelta al estribillo: “¿Qué fue de King Kong…” En fin, una foto-radiografía del siglo en cuatro líneas que no la supera ni el Nobel Günter Grass en esa su colección de cien relatos intercambiados consigo mismo que es “Mi siglo”, antes de enredarse a desgajar los episodios de su vida en “Pelando la cebolla” y acabar descubriendo su autoinculpado pecado de juventud. Seguir leyendo

Mañana

Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida” (Woody Allen)

 Un día más me he levantado con la emocionada intención de volver a ser feliz tal como creí haberlo sido en un pasado soñado, enfrentarme con júbilo a ese único futuro tangible que es el hoy o, como mucho, un mañana donde quepa la eternidad entera. Algo habrá tenido que ver el que estas últimas semanas me las haya pasado recobrando -más que buscando- mi propio tiempo perdido, inmerso en el universo proustiano mientras leía los ¡siete tomos! de esa su novela-catedral1, la cual -por si cupiera alguna duda- me ratifica en algo que, no por intuido, conviene tenerlo siempre bien presente: que todo es finito, que el universo y la perpetuidad caben en una brizna de hierba o que solo nuestros sueños e ilusiones pueden aspirar a la eternidad. Una infinitud sustentada en la esperanza de que perdure al menos este fin de semana, o sea, mañana. Seguir leyendo

Ayer

No hay nada que envejezca más a una mujer (mayor) que vestirse de joven” (Carolina Herrera)

 Hace algunas semanas se celebró en mi antiguo y querido colegio nada menos que el 50 aniversario (bodas de oro lo llaman) de mi promoción de bachilleres y tuve así la ocasión de volver a vivir en directo mi propio ayer. Al tiempo de acudir a la cita mi memoria ya había rescatado unas sencillas frases musicales de Ayer y Hoy, aquella evocadora canción (música chicle que se me había quedado pegada) de cuando entonces: Hoy he vuelto a buscar nuestro amor / hoy he vuelto a buscar tu calor / El paisaje es el mismo / mas tu ya no estás / no podremos volver atrás, y proseguía El cielo sigue siendo azul / igual que cuando estabas tú… Para el caso, unos versos ingenuos pero sugerentes que invitan a tratar los recuerdos del pasado con una cierta añoranza sin llegar a caer en la nostalgia, su triste fruto. Rememorar el ayer desde ese punto justo de melancolía que hace que puedas valorar como el mayor de los tesoros todo lo que aún te queda por vivir. Seguir leyendo

Solsticio

La primavera del espíritu florece en invierno” (Antonio Porchia, Voces_1943)

 Como cada año, en la noche de luna llena del pasado veintiuno de diciembre el sol volvió a aquietarse un instante al alcanzar su máxima declinación correspondiendo en nuestro hemisferio con el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico a partir del cual comienza a abrirse a modo de péndulo ese compás de la luz con el que definimos el tiempo y el espacio. Desde hace algunos años me embarga un impulso ancestral por acoplar esas pautas a las pulsaciones de mi particular ritmo interior, la sentida necesidad de incorporar la naturaleza a la propia vida por lo que, una vez vencidas las Navidades, me detengo a observar regularmente cómo en el jardín el sol va mordiendo día a día la oscuridad con una cadencia muy precisa mientras, desprevenidamente, la luz se desliza hacia los setos del cercado hasta finalizar su conquista, allá por el veintidós de marzo, con la llegada del equinoccio de primavera. Un logro que festejo como si de una victoria propia se tratara, desde la íntima convicción de que solsticios y equinoccios son los hitos que marcan la vida en la naturaleza (el nacimiento, el crecimiento, la madurez y la muerte, que conlleva la regeneración) simbolizando así la constatación del eterno círculo de la existencia. Seguir leyendo

Resurrección

«Según el manual de la resurrección, el primer requisito que se exige para resucitar es estar vivo” (Sinopsis. Son de Mar)

He estado considerando muy seriamente la exigida premisa arriba citada (asumida ya como requisito imprescindible para resurgir de cualquier forma de desfallecimiento) antes de disponerme a renacer (en gloriosa resurrección de la carne) a un verano ya vencido que había depositado en mí (tal como dejé expresado en el post anterior del mismo nombre) un agridulce poso de melancolía y que ahora me impongo superar sin excusa ni pretexto posibles. Me obligo con ello a elevarme por encima de la debilidad implícita en la cita del profeta Ezequiel (la misma que el criminal de poca monta Jules Winnfield -Samuel L. Jackson- recita sin convicción, como de pasada, en Pulp Fiction antes de pegarle un tiro a algún pichón de su misma o parecida calaña) en la que se relata (dicho sea con la misma ironía y ambivalencia desplegadas en la película por el propio Tarantino) que el camino del hombre recto está por todos lados rodeado por la avaricia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos.

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Verano

«¡Oh, vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba de las estrellas! ¿Sabéis su nombre? Su nombre es belleza.” (Hölderlin. Hiperión)

¿Quién no ha cerrado los ojos y ha sentido revivir aquellos veranos idealizados que simbolizan pasadas plenitudes, paraísos perdidos que jamás volveremos a gozar, aquellas noches de amor y sexo en la playa frente a un cálido y solitario mar de olas armoniosas, bajo la luz estrellada de una bóveda celeste infinita y maternal cobijando nuestros cuerpos desnudos como excepcional testigo de aquella eternidad acariciada?. Al igual que nosotros, también algunos ejemplares muy escogidos de mejillón, de entre la miríada de moluscos que acaban formando parte sustancial de los lechos arenosos, en su día (mientras liberaban los espermatozoides en las templadas aguas, estimulando a las hembras para que hicieran lo propio con sus óvulos) se sintieron héroes: hoy el mar ya no les recuerda. Yo, por el contrario, sí he continuado acordándome de ese mar, veo en la noche sus aguas plateadas por el reflejo de los nebulosos astros, escucho el sonido grave y profundo de sus mareas, huelo la brisa fresca y brumosa del amanecer con su aroma salobre, mientras siento la plenitud vital del perfumado sexo… Ésta ha sido y no otra la recurrente e inevitable imagen dizque melancólica que, un año sí y otro también, proyectaba mi memoria pensando en el verano (así, con artículo determinado) o, por decirlo de otra forma, al presentir la inminencia de las vacaciones.

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