Madriles

Madrid es una gran ciudad, o por lo menos una ciudad grande” (Francisco Umbral)

Siempre que voy a Madrid me recuerdo como aquél estudiante que, cuando entonces, arribara a la gran ciudad advertido de un perceptible aire paleto y al que inopinadamente, casi sin querer, se le fuesen borrando -al menos a la vista- las traicioneras marcas de la boina al tiempo que se desprendían otras divisas no menos delatoras, esas que cuelgan de los propios prejuicios como si de inseparables compañeros de viaje se tratasen. Así es como, modernizado adecuadamente, al correr de los años seguí frecuentado la capital del Reino con renovado desparpajo social y también ¿porqué no decirlo? cultural. Actitud en nada parecida -más bien contraria- a ese incívico modus operandi  desplegado por la mayoría de los tantos y tan achispados turistas que, cual rebaño, vemos hoy abrevar en las numerosas tabernas que salpican las itinerantes cañadas trazadas por las turoperadoras. Heme aquí pues una vez más, sin agencia que pastoree mi gira, dispuesto a dejarme sorprender por este gran poblachón manchego (Azorín) que esconde intramuros diversos e inesperados Madriles.

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