Cuenqueando

 Cuenca, toda de plata,
quiere en ti verse desnuda,
y se estira, de puntillas,
sobre sus treinta columnas.
No pienses tanto en tus bodas,
no pienses, agua del Júcar,
que de tan verde te añilas,
te amoratas y te azulas.

(Gerardo Diego. Romance del Júcar, fragmento) 

Y el poeta prosigue advirtiendo a esas aguas del río tan verdes (verdes ojos, verdes lunas) que aún es pronto para soñar “tan niña” con mediterráneas nupcias: No te pintes ya tan pronto / colores que no son tuyas. / Tus labios sabrán a sal, / tus pechos sabrán a azúcar / cuando de tan verde, verde, / ¿dónde corpiños y lunas, / pinos, álamos y torres / y sueños del alto Júcar? 

Al igual que el Júcar, antes de seguir mi viaje vacacional hasta desembocar en las recurrentes costas de la cuenca mediterránea, me detengo en la gentil y abstracta Cuenca para así emboscarme unos días “cuenqueando” por entre sus hoces y serranías. Al llegar, la tarde va posando su luz de oro viejo sobre las altas fachadas de un barrio de San Miguel que trepa siguiendo el perfil de la hoz y donde, bajo el paseo del parque fluvial, es dado entrever “gerardianamente” cómo esas aguas-niña se pintan de un aguamarina azul verdoso que transmuta a turquesa verde azulado en el rubor temprano de un río núbil que se asoma a las espumas del soñar para, de tan evocador modo, anticipar el mar.

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