Vértigo

«La expansión del universo y la contracción del átomo son expresiones equivalentes”                         (Arthur S. Eddington)

En las largas y cálidas noches estrelladas de verano, tumbado en una hamaca de algún jardín de ese sur borgiano al que siempre retorno, observo cómo la bóveda celeste enciende puntualmente sus luces relampagueantes para permitirme contemplar la armonía de unas constelaciones resueltas en un equilibrio algebraico. Permanezco largo tiempo con la mirada absorta frente a ese cosmograma indescifrable, como un náufrago en su salvavidas ante la carta náutica, presto a principiar una larga travesía por mi propio océano interior. Siento el afán metafísico por experimentar la mística de una contemplación pura, en un vano intento por abstraerme de las leyes físicas pues el subconsciente no me deja olvidar que navego sobre la superficie de un planeta que gira a treinta kilómetros por segundo sobre su eje de rotación al tiempo que se traslada alrededor del Sol que, a su vez, circula desplazándose en espiral en torno a la galaxia. Una Vía Láctea en constante aproximación a la cercana Andrómeda con el ineludible destino de devorarse entre sí mientras, en ese su fatal periplo, ambas se encaminan inexorablemente al suicidio dentro de un Grupo Local de galaxias inmersas en el cúmulo de Virgo, inconteniblemente impelidas hacia ese enorme e inalcanzable ente gravitatorio que los astrónomos denominan Gran Atractor. Experimento, en definitiva, la breve y minutísima visión que le es permitida a este insignificante náufrago atrapado en el bucle de ese proceso físico irreversible que ya va por los catorce mil millones de años en expansión.

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