Solsticio

La primavera del espíritu florece en invierno” (Antonio Porchia, Voces_1943)

 Como cada año, en la noche de luna llena del pasado veintiuno de diciembre el sol volvió a aquietarse un instante al alcanzar su máxima declinación correspondiendo en nuestro hemisferio con el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico a partir del cual comienza a abrirse a modo de péndulo ese compás de la luz con el que definimos el tiempo y el espacio. Desde hace algunos años me embarga un impulso ancestral por acoplar esas pautas a las pulsaciones de mi particular ritmo interior, la sentida necesidad de incorporar la naturaleza a la propia vida por lo que, una vez vencidas las Navidades, me detengo a observar regularmente cómo en el jardín el sol va mordiendo día a día la oscuridad con una cadencia muy precisa mientras, desprevenidamente, la luz se desliza hacia los setos del cercado hasta finalizar su conquista, allá por el veintidós de marzo, con la llegada del equinoccio de primavera. Un logro que festejo como si de una victoria propia se tratara, desde la íntima convicción de que solsticios y equinoccios son los hitos que marcan la vida en la naturaleza (el nacimiento, el crecimiento, la madurez y la muerte, que conlleva la regeneración) simbolizando así la constatación del eterno círculo de la existencia. Seguir leyendo