Mediterráneamente

Solo la música está a la altura del mar” (Albert Camus)

Los que nos enamoramos oyendo a Serrat cantar poéticamente a un Mediterráneo femenino y  núbil “te acercas, y te vas / después de besar mi aldea / jugando con la marea / te vas, pensando en volver / eres como una mujer…” volvemos repetidamente a sus orillas con un vano anhelo por ver si, amontonado en la arena, aún queda rastro de aquél primer amor que dejáramos olvidado bajo una luz y un olor que ya nos acompañarían para siempre y ¡mira por dónde! resulta que ahora ese azul y ese mar nos lo encontramos machacona y “mediterráneamente” transfigurado en adverbio de modo (de los terminados en mente) como leitmotiv de un relamido anuncio de cervezas.

Para este viaje sobraban semejantes alforjas, pues los del vermú italiano ya llevaban tiempo sugiriéndonos con más elegancia la idea de una dolce vita mediterránea plena de sensualidad (últimamente, con ese bellísimo Time -cantado por Angelo de Augustine- como melodía de fondo) sin tener que recurrir a la cursilería y la pretenciosidad del adverbio de marras, un anuncio-serial programado en bucle cada inicio del verano que recrea un rosario de topicazos con mensaje. El último: un príncipe guapo con cara de bobo, un paisano en barca dando el toque de pescador autóctono, la supuesta guapa ecologista enamorándose a primera vista -en plan crush– del feo (pero) solidario que se afana quitando plásticos en la orilla… y, por si ello fuera poco, la basca cotilleando mientras recitan mamarrachadas en verso con unos pareados infames. El sainete, técnicamente impecable, se cierra con un telón dividiendo las aguas (como el mar Rojo en el Éxodo de Moisés) para, acto seguido, aparecer toda esa caterva de actores entre bambalinas recibiendo los fantasmales aplausos de un teatro donde pareciese que se acabara de representar poco menos que La Traviata. O sea.

Aún así, siguiendo el curso de las verdes y soñadoras aguas del Júcar, este final del verano vuelvo una vez más a desembocar en esta costa de nuestros pecados, a sabiendas de que ninguno de esos Mediterráneos existen ni han existido nunca. El uno porque solo se conserva guardado en la memoria gracias al recuerdo soñado de una dicha pasada, los otros porque no son sino el producto posmoderno de los tantos y vacuos relatos impregnados de ese pertinaz “buenrollismo” para memos que lleva ya demasiado tiempo invadiendo nuestras vidas. La realidad es que aquél primitivo “mar en medio de las tierras” o mare medi terraneum que fuera cruce de culturas (mesopotámica, cartaginesa, bereber, semítica, persa, fenicia, griega o romana) entroncado como centro de la civilización, hoy nos toca verlo convertido -aparte de cementerio marino- poco menos que en un producto de consumo turístico para usar y tirar. Nada diferente, por cierto, a lo que viene sucediendo en el resto del planeta allí donde las turoperadoras atisben rastros de alguna antigua y natural belleza.

Llegados a Valencia como primera etapa, me madrugo en visitar el MuVIM (Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad) por ver la exposición ¡Viva Berlanga! coincidente con el centenario del nacimiento del maestro, éste sí, genuinamente mediterráneo (rama fallera). Ahí te encuentras, aparte las carteladas y las fotografías de su amigo El Flaco, toda esa tramoya donde terca y sucesivamente se fueran enredando los sueños rotos de aquellos inolvidables personajes de sus películas: el tractor de ese pueblo castellano que se disfraza de andaluz para recibir a los americanos en Bienvenido, Mister Marshall; el motocarro con el que Plácido se pasa la vida dando vueltas por ver de amortizar la eterna letra impagada; el cohete del científico que ha huido de su país para refugiarse en Calabuch; el garrote vil con el que el joven y casadero trabajador de una funeraria, por asegurarse el consentimiento a su matrimonio, termina siendo El verdugo involuntario que ajusticie a un desgraciado… En fin, los objetos como reflejo último de esas lúcidas crónicas imbuidas de una mirada tan cáustica o sardónica como respetuosa y tierna, sobre el ineludible fracaso humano que toda vida conlleva o, lo que es lo mismo, el cierto pesimismo realista de un optimista. Genial.

Al igual que me ocurre en otras ciudades meridionales (Cádiz, Málaga… o en la Sevilla primaveral) la luz de la ciudad invita a pasarte todo el día en la calle rodeado de gente guapa -guiris aparte- dando vueltas sin precisar un rumbo fijo, como si ello ya constituyera un espectáculo en sí mismo. No obstante cada cual tiene sus querencias y una de las mías pasa por visitar, entre otros, el museo de arte moderno y contemporáneo de Valencia (IVAM) en la que ya va por la cuarta o quinta vez que me veo las distintas variantes de esa misma colección permanente de Julio González y las recurrentes vanguardias históricas. No solo lo hago porque me interesen especialmente, que sí, sino por simple descarte ante unas exposiciones temporales o itinerantes del todo infumables. Valga como ejemplo la penúltima: Industria/Matrices, Tramas y Sonidos, un archivo ad hoc del patrimonio industrial local pergeñado desde una visión parcial -tirando a sectaria- por una de esas “modernas” curadurías (comisariados de las colecciones llevados por burócratas y funcionarios, a la carta del político de turno) y que, en este caso, aparenten emular los mismos o parecidos objetivos soviéticos de aquél Club Obrero erigido por el artista y propagandista ruso Ródchenko en la Exposición Internacional de París (1925) para, irónicamente, acabar asemejándose más a una charlotada tipo Tiempos Modernos en versión malaje, sin rastro artístico que ancle el dislate. Eso sí, hasta el bedel, todos muy serios.

De oca a oca, nos plantamos del tirón en el El Carmen, modernamente denominado Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC), centro público implantado sobre un antiguo convento rehabilitado, en la plaza del mismo nombre. Últimamente con los museos u otros ámbitos culturales parecidos suele pasar que lo mollar te lo encuentras más en el contenedor (la propia arquitectura) que en los contenidos, donde basta con ojear sus catálogos para ver reflejado en ellos el color de los poderes políticos del momento; este centro no es una excepción, más bien todo lo contrario. Antes de entrar, un diligente portero me viene en dar tal cantidad de señas e indicaciones no pedidas que llego a pensar que, para acceder, poco menos que haya de presentar una instancia, si no el carné del partido. No es el caso, así que accedemos libremente a una amplia galería de corte clasicista flanqueada por salas laterales donde, desparramados por los suelos, se ¿exponen? trapos, cartones, papeles… y otros tantos cachivaches digitales constitutivos de un supuesto proyecto artístico, cuya desacomplejada pretensión consiste en ilustrarnos sobre las últimas tendencias del arte, el diseño, la música y las redes sociales “desde una mirada hacia la intimidad de la habitación y las nuevas tecnologías”. El bodrio tiene como título “El Dormitorio. Centennial Bedroom Art” donde un conspicuo bedel (“bedela” para el caso, de las muchas que por allí pululan) viene a informarnos de que un guía del museo está dispuesto para explicar con detalle semejante memez. Ante tal amenaza, balbuceo una improvisada disculpa tras la mascarilla mientras retrocedo con disimulo hacia otra sala contigua buscando una rápida escapatoria.

Como decía, me quedo con el espléndido contenedor más que con el discutible contenido. El original convento de carmelitas calzados y, por ende, el nuevo Centro Cultural, se articula tras la iglesia del Carmen alrededor de dos claustros (uno gótico mediterráneo, renacentista el otro) que envuelven un antiguo refectorio posteriormente ampliado, formando así un puzzle de nuevas salas donde se muestran el resto de las heterogéneas exposiciones que, prudentemente, no voy a comentar aquí; sí diré, para ser ecuánimes, que no todas me merecen esa primera y ácida crítica a la cultura centennial de una generación que desarrolla la creatividad con el portátil desde su dormitorio. No obstante, la expresión artística más sugerente eran unos anunciados “Conciertos desde la cama”, actuaciones en plan perfomance sobre el tálamo central situado bajo los lucernarios de la gran sala-dormitorio y dispuesto para que, cuando esto escriba, entre su lencería se encuentre cantando la rompedora Babi (una supersónica Bárbara dolorida) si no la Rebe (la conquense Rebeca Díaz, intérprete del corazón partío más soso al tiempo que sensual, jamás versionado). Al salir, como una forma de desagravio, los entusiastas promotores de la visita (no otros que nuestra hija y su novio) nos invitan a comer en el nuevo restaurante de moda para ese tipo de gente centennial de TikTok y postureo, el “Voltereta Bali” para el caso. 

Tocado por un deje de melancolía, al igual que Serrat con su Fa vint anys que tinc vint anys, hoy (pasados veinte años más sobre esas otras dos décadas añadidas a la primera y juvenil veintena) he vuelto para constatar que ya no cabe reconocer al mundo -no solo al mar- desde la atalaya de aquél bello y emocionado lirismo. Llegados a la playa de Gandía, que más pareciera un campamento de refugiados invadido por una pléyade de maduros bañistas en camiseta de tirantes arrastrando unos carros transportadores de sillas, hamacas, flotadores, bolsas, toallas, termos… en interminable migración hacia la ansiada arena, un éxodo nominado esclarecida y municipalmente como “la plantada” de sombrillas. Ante semejante panorama, para el resto de las vacaciones fijamos nuestros reales en los derredores de la piscina del hotel (en plan “Gandía Shore”) holgazaneando bajo el sol y sombra de unas esbeltas palmeras mecidas por la brisa y que, en su acompasado bamboleo, al tiempo terminan subiéndote la bilirrubina. En los trastiempos aprovechamos para visitar la bella ciudad y comer con nuestra amiga Carmen (una gandiense de Bilbao) o, por las mismas, volver a esa estupenda galería de arte “Casa del Pintor” donde es dado contemplar obra muy actual a precios asequibles y que aún mantiene una representativa colección del sorprendente -por inclasificable- Juan Ripollés, creador de su propio universo desde un lenguaje plástico contundente, a pesar de tan inocente e infantil apariencia.

En un tiempo en el que la realidad (lo sustantivo: el mar mediterráneo) la hemos convertido en circunstancial (en adverbio de modo: mediterráneamente) este relato defiende lo contrario, que las circunstancias personales e intransferibles se sustantiven como verdaderamente únicas e irrepetibles y no se vean colonizadas por una ajena contrarrealidad ficticia, reflejo especular de la ensimismada deriva social de estas últimas décadas hacia un modelo existencial inane, ese exitoso y atractivo cóctel preparado a base de mezclar la nada con sifón, eso sí, mediterráneamente. 

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