León

África-Hispania-Irlanda: ésta era una ruta dorada por la que el conocimiento de la Antigüedad alcanzó la Edad Media” (John M. Wallace-Hadrill)

Tal como recoge el historiador medievalista Sánchez-Albornoz en su erudita obra “Una ciudad de la España cristiana hace mil años”, en los albores del primer milenio se vino en forjar sobre la romana Legio una urbe en la que hombres y mujeres -como hoy, como siempre- luchaban denodadamente para ser felices en su intento por labrar un futuro mejor para sus hijos. En aquél tiempo esa vida se fraguaba al calor de la Reconquista, desde un reino astur-leonés regido por genuinos monarcas ibéricos (Garcías, Ordoños, Alfonsos, Ramiros, Sanchos… incluida sea la indómita Urraca, así llamada La Temeraria) asentados en una corte de León convertida en la nueva cabeza del reino. 

Para el caso, como fortuito viajero vengo hoy a instalarme en un apartamento frente al Ateneo Cultural El Albéitar, casualmente a escasos cincuenta metros de donde residió mi admirado Paco Umbral -por entonces, un desconocido Francisco Pérez Martínez- en esa su primera etapa (finales de los cincuenta y primeros sesenta) de cronista radiofónico en La Voz de León, donde realiza sus particulares comentarios del acontecer político, económico y sociocultural para ”ponerles su estribillo a las cotidianas estrofas del vivir” mientras describe la historia mínima y humana de esos tiempos en aquella provinciana ciudad de sombra, antes de trasladarse definitivamente a conquistar Madrid, él también impelido por esa necesidad de ganar el futuro con el que llegar a reconquistar un nebuloso pasado: “Buenas noches, viajero, hermano viajero, equipaje humano de los silbantes trenes que a estas horas inquietan la noche de la distancia con sus largas colas relampagueantes…” y en ese plan.

Llegada la atardecida, tengo apenas que cruzar la calle para dirigirme a la vecina sala de exposiciones del citado Ateneo donde se anuncia la muestra “Las mil y una noches” de un, para mí, desconocido José de León, pintor que se autodefine como El Bosco leonés, nada menos. Las modestas salas acogen una amplia colección de pinturas de gran formato sobre fondos oscuros, tal que noches sin luna pobladas de recurrentes universos oníricos que contienen una multitud de seres u objetos imbuídos de un surrealismo aflamencado. He de reconocer que me gustó la propuesta por transgresora, hacía tiempo que no daba en contemplar una obra de tan alta calidad resuelta con ese rigor propio del lenguaje de la pintura artesanal (sin mezclas digitales u otros artificios) y, por ello, a contracorriente de todo lo que se viene cociendo estas últimas décadas en un mundillo donde el objeto artístico como tal ha terminado resultando irrelevante, diluido -si no proscrito- por la grandilocuencia de unos discursos delicuescentes con los que sostener todo el tinglado.

 Despuntando la mañana nos encaminarnos -aguas arriba del Bernesga- por un circundante y cuidado parque lineal hasta llegar al renaciente Parador de turismo, ineludible visita al que fuera Convento Real de San Marcos y en cuyo recorrido aún cabe traslucir los rigores de ese frío entorno en el que terciado el siglo diecisiete -estertores del llamado Siglo de Oro español- nuestro genial Quevedo permaneciera encarcelado casi cuatro años, precipitando de paso su propia y pronta expiración. Por contraste, a tiro de piedra de tamaña reliquia medieval se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC) una prominente construcción hija de esos tan cercanos (apenas tres lustros) a la vez que lejanos tiempos de bonanza. Nos encontramos ante una muy considerable obra de archirreconocida arquitectura y que hoy me ha decepcionado por su aire decadente, como en su día ya ocurriera con el Centro Niemeyer de Avilés, el MACBA de Barcelona o con los otros tantos grandes templos de la modernidad (salvado sea el Guggenheim) erigidos en aquellos burbujeantes años de vino y rosas. Para mí que es llegado el momento de irse repensando la función asignada a estos redivivos sanctasanctórum del arte, utilizados hasta ahora como santuarios de peregrinación para turistas despistados, donde celebrar la frívola liturgia de “mirada blanda” inmersa en ese anunciado proceso de generalizada “estetización” (Lipovestsky) y en el que cada vez resulta más difícil distinguir las prácticas turísticas de las puramente artísticas. Aclaro, no obstante, que a esa hora no había nadie.

Pero no nos pongamos serios. Un mediodía espléndido invita a bajar paseando hacia la románica Basílica de San Isidoro, ese lejano arte (el románico) que -al decir de Félix de Azúa- coincide con el arte moderno en que su ánimo no obedece al tópico del objeto bello, ornamental, precioso o único; paralelismo al que yo añadiría el de su decidido carácter simbólico fruto de ese abstraído esquematismo, pues basta con observar sus esculturas para apreciar lo cerca que están de nuestra mirada contemporánea. Dejamos esa maravilla para, atravesado el llamado barrio Romántico, llegar al lugar de peregrinación por excelencia: la imponente pulchra leonina o catedral gótica de Santa María de León, donde la pesantez muda en ligereza. No voy a hablar de ella, sería de una pedantería redundante, sólo decir que si por algo he vuelto a León ha sido por rememorar una lejana visita de la que aún guardo el recuerdo de mi padre decidido a ilustrarme -con su característico entusiasmo por lo bello- sobre la inverosímil liviandad de las restauradas vidrieras del presbiterio, para terminar fijando toda su atención en el gran vitral del rosetón de la fachada principal, trasunto hoy de aquella rosa -flor de infancia- ya marchita.

Repetidos paseos por una ineludible calle Ancha (antigua calzada romana) que divide a la vez que estructura la ciudad vieja, dejando al citado barrio Romántico a un lado y el llamado Húmedo al otro y donde, entre sus calles y plazuelas, cabe la dicha de poder disfrutar (a más de su cálido ambiente) con la frescura de unos blancos “albarín” para acompañar un aperitivo de empanadas de pollo marinado, cuando no acabar comiendo a base de tapas mientras vas trasegando unas copas de “prieto picudo” o “mencía”, esos tintos con carácter que parece estuviesen expresamente diseñados para degustar los contundentes quesos, cecinas, lenguas, morcillas… y demás vitualla que aquí resulta de rigor; salvada sea una escapada para comer por lo fino en la azotea del NiMu, más que nada para llegar a percibir la panorámica de esta antigua y bella ciudad desde la alta perspectiva que presenta esa especie de plató encaramado sobre la décima planta de un hotel. 

Apenas han pasado tres días de noches templadas y ya tengo por costumbre muy consolidada el cenar en cualquiera de las distintas terrazas de la plaza de San Marcelo. Un espacio especialmente agradable que resuelve con elegancia la transición entre el casco antiguo y el ensanche, rodeado por magnos edificios (los Palacios de la Paridad, de Torreblanca o la Iglesia de San Marcelo) con el fondo de la Casa Botines de Gaudí o el Palacio de los Guzmanes… y en cuyas fachadas iluminadas la historia pone luz a la noche de la ciudad.

En los albores de este ya segundo milenio el viajero -tal que Marco Polo en Las ciudades invisibles de Italo Calvino- al llegar a cada nueva ciudad encuentra un pasado suyo que no sabía que tenía y que avanza a medida que él lo hace, sumido en la extrañeza de lo que no eres o no has poseído, de ese algo que quizás habría sido un posible futuro perdido en alguna encrucijada y ahora es el presente de otro. Más que una motivación por revivir el pasado o -dicho de otra forma- encontrar tu futuro, viajar sirve para “reconocer lo poco que es tuyo al descubrir lo mucho que no has tenido y no tendrás”. Tú mismo.

2 respuestas a “León

  1. maria allo 7 noviembre, 2021 / 11:27 am

    Sei uno scrittore in movimento. Leggerti è come seguire le tracce di qualcuno che cerca di capire il mondo senza mai essere soddisfatto delle risposte che trova e continua instancabilmente ad allargare il proprio orizzonte di osservazione. Grazie 🙏
    Maria

    Le gusta a 1 persona

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