Sur

 “Sólo me queda el goce de estar triste,

esa vana costumbre que me inclina

al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

(Jorge Luis Borges. Poema 1964, terceto final)

Poema de madurez en el que Borges muestra su resignación frente a la ceguera (entendida como metáfora de una pérdida) en donde el yo poético dialoga desde la melancolía añorando la propia visión como si su ausencia significara la ruptura de una larga y amorosa relación sentimental, pasando así -simbólicamente- de la claridad a una oscuridad que le acerca a la muerte. En este último verso citado, no obstante, parece consolarse mediante la paradójica licencia de aceptar el goce de estar triste, para acabar evocando su querencia al Sur (hacia un Buenos Aires recordado) inmerso en esa contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura… Al igual que el maestro yo también me siento inclinado al Sur, en busca de la clara luna y los lentos jardines olvidados en cierta puerta, en cierta esquina de una juventud perdida. Sevilla, o sea.

Primeros setenta, diarias peregrinaciones matinales a la Facultad, entornos de Reina Mercedes, junto a mi recordado amigo Fernando (un seductor de cuna, además de bellísima persona). Al paso, obligada salida procesional -cual estación de penitencia- para desayunar en la cafetería del hospital Virgen del Rocío y allí, sumergidos en el oleaje de un mar de enfermeras entrando o saliendo del turno, volver a ratificarme cada mañana en aquella primera impresión forastera de que las sevillanas son las mujeres más bellas del mundo, en recurrente pellizco mañanero con el que despertar a la vida felizmente cerciorado de que aquel paraíso recuperado no era un sueño. En mi febril imaginario literario la secuencia se me proyectaba extemporáneamente como la arremolinada salida de las cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos, a la vez deseoso y temeroso de que esa burbujeante ebullición de belleza no llegara a sublimarse en una fatal y sensualísima Carmen (trasunto de la mítica de Merimée) cuya atracción terminaría arrastrándome sin remedio (como en la novela le sucediera al navarro José Lizarrabengoa) por los inusitados caminos del amor sin ley y donde solo faltaba que sonara de fondo la habanera de Bizet con la mezzosoprano cantando esa indomable rebeldía del querer: “L´amour est un oiseau rebelle / Que nul ne peut apprivoiser…” para acabar con el cuadro.

Algunas tardenoches de mareas estudiantiles por unas bodeguitas del Arenal servidas por compulsivos camareros con una tiza en la oreja, las pleamares solían entreverarse de pijos (los “cayetanos” de hoy) y poligoneros o, en su jerga, “polingameros” (no otros que los canis y las chonis del mañana) y yo acababa perdiéndome adrede por las entretraseras de la plaza de toros, hasta arribar en un ignoto colmao flamenco que hube descubierto en una de mis iniciáticas incursiones de rastreo por conocer de primera mano la verdad verdadera de ese estereotipado mundo de cantaores, bailaoras, toreros, gitanas… u otros personajes más o menos míticos incrustados contra el paisaje. Por contra, en aquellos alrededores di en conocer a la bella Susanna, una danesa de Aarhus venida para doctorarse en lenguas románicas, tal que aquella americana ingenua y racional protagonista de la novela “La tesis de Nancy” de Ramón J. Sender, en sus andanzas sevillanas para documentar su tesis sobre el folclore y las costumbres españolas que yo acababa de leer para la ocasión, no porque me gustara el autor (su reconocida “Crónica del alba” me había parecido una cosa tardogaldosiana de lo más peñazo) sino movido por la curiosidad de conocer la distante e irónica doble mirada, anglosajona y carpetovetónica, de un aragonés exiliado en California. Para el caso, aun a pesar de que el fenotipo de la rubia vikinga nada tuviera que ver con el de la anhelada cigarrera gitana y, ni por asomo, el mío mostrara semejanza alguna a lo que pudiera entenderse como un perfil torero, llegamos a mantener una bonita y, por su parte, culta amistad con derecho a roce.

Impelidos ambos por esa romántica fascinación hacia toda forma del exotismo huidizo, seguimos frecuentando aquél enigmático local sin nombre, cuyo reservado era un ir y venir de familiares o conocidos del dueño, uno de esos gitanos cuya figura pareciese recién arrancada de un póster flamenco. Un día a la semana (no recuerdo cual) aquellas reuniones derivaban en sarao y allí estábamos nosotros como únicos y expectantes oyentes, acodados contra la barra frente a dos cazuelitas de espinacas con garbanzos y una media botella de fino la Ina, absortos ante semejante alarde de alegrías, bulerías u otros cantes que nos llegaban  reverberados a través de la puerta que daba a aquella sala mágica, a escasos dos metros de nuestras propias narices. Aún a pesar de que la guapa filóloga hablaba castellano mejor que yo, a cada instante me preguntaba por el significado de aquellas jaleadas cantiñas, como aquella estrofa de un tanguillo gaditano “A la botica mi alma / no vayas sola / que el boticario mi alma / gasta pistola” a lo que yo me hacía el longui, pues pensaba para mí que si le traducía al román paladino esas coplas corría el riesgo, no ya de perderle a ella, sino de hacer perder a mis compatriotas el tren que -cambiado el régimen- nos llevaría con el tiempo a ser miembros de pleno derecho en la Unión Europea.

Un inesperado día, en medio de gran revuelo, apareció asomando por la cancela la inconfundible Lola Flores acompañada de todo su séquito, al tiempo en que el repeinado calé nos venía a informar muy educadamente que aquél cotarro era privado. Resultaba que todo este tiempo nos habían dejado franquear sus dominios por el poco estorbo que les proporcionaba nuestra despistada e inocua presencia. Allí terminaron las furtivas visitas culturales a tan discreto colmaíto y así quedó truncada nuestra particular licenciatura en flamencología que, en mi caso, nunca volvería a retomar. Tiempo después supe que aquél dandy gitano era el Beni de Cádiz, la Perla era su cantinera y entre aquellos “desconocidos” que -sin ellos ni yo saberlo- habían cantado para mí, se encontraba la flor y nata del cante de la época:  Manolo Caracol, la Paquera de Jerez, Antonio Mairena… y toda esa pesca.

De la tradición a la transgresión. Largos fines de semana atardecidos en el “Sloppy Joe´s” (una de las primeras hamburgueserías genuinamente americanas del momento) rematados de modernidad por noches musicales en el cercano “Dom Gonzalo” (así, con “m”) un sospechoso e intermitente pub ubicado en una de las tantas vírgenes del floreciente barrio de Los Remedios. Discoteca donde, a más de volver a encontrarte con las mismas caras que acababas de ver engullendo hamburguesas en la mesa de al lado, reunía a los cachorros de una nueva progresía que recién se estaba formando alrededor de un pequeño grupo de la intelligentia sevillana, junto a una ecléctica fauna de merodeadores del rock internacional acabado de importar por los americanos de las bases. Luego me enteraría que el garito lo regentaba un tal Gonzalo García Pelayo, al que hube conocido de vista (no de nombre) en mis asiduas idas y venidas a los Cine-Clubs de la época (del Universitario al Vida y del Vida al Universitario, pasando por la Filmoteca) en esa recurrente y juvenil búsqueda por encontrar tu lugar en el mundo a través de un universo poético propio. Un camino que yo acababa de iniciar y en cuyo trayecto te ibas cruzando casi sin querer con otras almas que ya venían de vuelta, como era el caso del referido personaje.

Que el Tractatus de Wittgenstein esconde una cierta verdad (eso de que ética y estética vienen a ser lo mismo o, dicho de otro modo, que la estética predetermina la ética) lo pude experimentar poco después, asistiendo al estreno de su ópera prima “Manuela” en el cine Cervantes de la, por entonces, triste y sombría (calle) Amor de Dios. Película que reunía de una sola tacada todas las referencias de mi intuido Sur: la mujer (una Charo López en la sazón de su abrumadora belleza), la música (Triana, Lole y Manuel, Hilario Camacho…), la luz, la naturaleza, el sexo, el amor o el desamor, la vida y la muerte… Así, tan de golpe, desperté a la evidencia de que, antes que yo, el tal Gonzalo ya hubo en descubrir por mí la honda esencia poética de aquel sur que tan denodadamente yo había estado buscando y lo sentí como si alguien me estuviera robando mis propios secretos.

Noches de fuego, temblores de alba, en los primaverales patios de floridos limoneros en “La Carbonería” (entornos de San Bartolomé) escuchando en directo al Hilario Camacho de la banda sonora de aquel film en el que, entre otras joyas, se incluía la machadiana “El agua en sus cabellos” (los de Manuela) al tiempo que se abría el plano hacia un horizonte de nubes desgarradas por donde entreasomaba el arco iris, en un largo travelling sobre el campo envuelto en un fanal de lluvia y de sol. Pero eso era en el cine, en la corrala la cálida noche pedía cantarle a la mujer núbil, al Cuerpo de ola de una alegórica muchacha con sed en un vientre recorrido por caracolas de sombra, cascabeles de sangre y peces de plata… Era la mecha que faltaba para encender aquel ambiente de almas enamoradas encerradas en los cuerpos de seda y nácar de todas y cada una de aquellas jóvenes de ojos negros que veía a mi alrededor y con las que soñaba, al ritmo de la canción, en largas noches sin luna dibujando besos sobre sus camas. Con ello iba delineando a su vez los contornos de mi personal e intransferible sur.

Bien es verdad que no todos los “sures” son iguales ni tienen porqué ser el reflejo antinómico de nuestros originarios y fríos nortes. El único, el verdadero Sur (con mayúscula) es el soñado por cada uno de nosotros y se esconde entre los recovecos de la memoria. En mi caso, al final del viaje, hace ya tiempo que lo llevo puesto colgado en la mujer de mi vida, una andaluza lozana que, doblando el mapa desde Sevilla, terminaría doblegando para siempre la geografía de mi Norte. Todavía hoy, cuando de tarde en tarde escucho este veneno “…al alba blanca le contaré lo que yo te amé, Sevilla… ” siento que me penetra hasta el alma y que mi corazón vuelve a los lentos amaneceres de Triana, a esa ciudad desbordante en la exageración barroca de sus procesiones, de sus ferias, sus romerías… pero también a la esencial sencillez de los dulces secretos que se esconden en cada calle, en cada plaza (en cierta puerta, en cierta esquina) donde siempre parezca que nos esté esperando alguien que nos ama.

6 respuestas a “Sur

  1. azurea20 26 noviembre, 2021 / 12:49 pm

    «Recordar es volver a vivir». Alguien lo dijo, seguramente un poeta.
    Voy a salir en defensa de mi paisano Ramón J. Sender. No voy a opinar sobra su obra, porque excepto la Tesis de Nancy no he leído nada de él, pero la Tesis de Nancy es muy divertido. A mí me gustó y me divertí. Para gustos los colores y está bien que cada uno tengamos nuestras preferencias y se respeten.
    Un saludo, amigo.

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    • elmonocalvo 26 noviembre, 2021 / 1:35 pm

      Estoy de acuerdo contigo en que la Tesis de Nancy tenía su gracia, algo menos la saga que le siguió, pero pienso que eso no quita para que dicho autor no se encuentre entre mis preferidos. Quizás sea injusto, pero es mi forma de verlo. Nada estaría más lejos de mi intención que ofender con ello a nadie y menos a una buena lectora como tú.
      Agradezco el comentario. Recibe un cordial saludo. Pedro

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      • azurea20 26 noviembre, 2021 / 2:19 pm

        Para nada me siento ofendida. Efectivamente, yo intenté leer «Nancy doctora en gitanería» y no lo pude acabar. Entiendo perfectamente que Sender no esté entre tus favoritos, ¡estaría bueno! que cada uno no pudiera tener sus preferencias. Ha sido un placer leerte.
        Un saludo.

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  2. maria allo 26 noviembre, 2021 / 12:54 pm

    Anche i versi di Borges entrano nel testo come frammento di un monologo interiore mascherato, eco della tua voce interiore che legge e intanto medita. Adoro la tua scrittura! ❤

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    • elmonocalvo 26 noviembre, 2021 / 1:50 pm

      Finché ci sarà un lettore come te, varrà la pena continuare a scrivere
      Grazie mille per il tuo commento, María

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  3. evavill 2 diciembre, 2021 / 1:16 pm

    Ser joven y en Sevilla tiene que tener mucho de mágico.
    ¡Es una ciudad tan alegre y bonita!
    Me ha gustado leer tus recuerdos andaluces.

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