Cuenqueando

 Cuenca, toda de plata,
quiere en ti verse desnuda,
y se estira, de puntillas,
sobre sus treinta columnas.
No pienses tanto en tus bodas,
no pienses, agua del Júcar,
que de tan verde te añilas,
te amoratas y te azulas.

(Gerardo Diego. Romance del Júcar, fragmento) 

Y el poeta prosigue advirtiendo a esas aguas del río tan verdes (verdes ojos, verdes lunas) que aún es pronto para soñar “tan niña” con mediterráneas nupcias: No te pintes ya tan pronto / colores que no son tuyas. / Tus labios sabrán a sal, / tus pechos sabrán a azúcar / cuando de tan verde, verde, / ¿dónde corpiños y lunas, / pinos, álamos y torres / y sueños del alto Júcar? 

Al igual que el Júcar, antes de seguir mi viaje vacacional hasta desembocar en las recurrentes costas de la cuenca mediterránea, me detengo en la gentil y abstracta Cuenca para así emboscarme unos días “cuenqueando” por entre sus hoces y serranías. Al llegar, la tarde va posando su luz de oro viejo sobre las altas fachadas de un barrio de San Miguel que trepa siguiendo el perfil de la hoz y donde, bajo el paseo del parque fluvial, es dado entrever “gerardianamente” cómo esas aguas-niña se pintan de un aguamarina azul verdoso que transmuta a turquesa verde azulado en el rubor temprano de un río núbil que se asoma a las espumas del soñar para, de tan evocador modo, anticipar el mar.

La vieja Cuenca es algo que no te esperas, una admirable realidad artística de ciudad barojiana y romántica, tal como la vieran los intelectuales del pasado siglo, empezando por el propio don Pío y siguiendo por esa maravillosa realidad de “ciudad alucinante de rocas raídas por el tiempo” del escritor y viejo comunista cubano Alejo Carpentier; cuando no, por la sensación de cierto patetismo ante una laberíntica y rara alegría cósmica que encierra ese “dédalo de calles entre dormidas y bellas” del enconquensado González-Ruano, falangista de sí mismo, que apreciaba en ella -sobre su castellanía- un vago sentimiento moro al tiempo que un bravo acento cuasi aragonés: casi nada. No es de extrañar que, pasados los años, fuera redescubierta por encandilados paracaidistas de la belleza (como yo) u otros buscadores del vellocino de oro de la cultura, artistas plásticos la mayoría de ellos.

Desde que visité por primera vez esta ciudad fantástica -por quimérica y magnífica- he venido en mantener ciertas rutinas, comenzando por la obligada tradición de un puntual desayuno en la confitería Ruiz de la calle Carretería, principal eje de ese primer ensanche hoy en decadencia. El establecimiento, servido por unos solícitos camareros de chaqueta blanca y pajarita, mantiene el estilo y las formas de aquellos antiguos Círculos provinciales con sus frisos de madera, sus butacas o butacones tapizados y dispuestos alrededor de un gran fresco (obra del muralista conquense Víctor de la Vega) representando para el caso el oportuno obrador de una antigua pastelería. Un lugar donde no resulta difícil imaginar animadas tertulias literarias locales o, a modo de transmutada sede de verano del Café Gijón, espacio donde se dieran cita cualesquiera de los escritores de entre los que por allí hicieron un alto en su camino, fuesen Lázaro Carreter, Dámaso Alonso o el citado y recurrente Ruano, por no hablar de nuestro recordado Francisco Umbral quien -en su inspirado lirismo- vislumbra una Cuenca “más de cielo que de tierra”.

Si gratificante resulta ese mundillo artístico y literario, más lo es aderezándolo cumplidamente con buenos yantares en grata compañía. Es el caso y, siendo una ciudad tan pequeña -tirando a mínima- su oferta culinaria deviene enorme, casi diría que desproporcionada. A mi profano entender, por sobre los platos locales o regionales más reconocidos a la celtibérica manera o, lo que es lo mismo, reñidos con la báscula: zarajo, morteruelo, ajoarriero (atascaburras, por sobrenombre más que sospechoso), potaje de cuaresma (garbanzada o garbanzá, como clarificador apelativo) migas, gachas… se alzan dos hallazgos propios -gazpacho aparte- ya sin ese peso de tener que verse amonestados, si no directamente reprimidos, por la balanza: no otros que el pisto y el mojete conquenses, que algunos califican de manchegos. Ahora bien, lo que se dice repetir he repetido en pocos establecimientos que -por lo general- no coinciden con los más renombrados, si no los más pedantes; excepción hecha del restaurante homónimo ubicado en el emblemático paraje conocido como Recreo Peral en el paseo del Júcar. Pero eso lo dejamos ya para que nos lo ilustren las guías gastronómicas o turísticas del ramo, yo no paso de ser un comensal despistado.

Obviando aquí palacios, catedral, iglesias, conventos y otros museos, siento una irreprimible y emocionada atracción por ése tan singular de arte abstracto emplazado en las casas colgadas, no sólo por estar considerado “el museo pequeño más bello del mundo” tal como en su momento lo describiera Alfred H. Barr (el que fuera director del MOMA de Nueva York) que también, sino sobretodo porque su colección de pintura me recuerda a mi querido tío Víctor (Víctor Armentia, pintor, gran dibujante y publicista creativo, 1917-1989) cuando allá por los sesenta, siendo yo un chaval al que no se le daba mal el dibujo, me intentaba así explicar esas nuevas expresiones artísticas que pujaban por abrirse paso en una España poco o nada cultivada y lo hacía, no por casualidad, a través de las pinturas de su admirado Fernando Zóbel: 

-Mira, Pedrito, qué ves aquí?

-Una mariposa batiendo las alas que, en su movimiento, mezclase sus colores… No sé. 

-Sí, no está mal visto, el cuadro lo mismo pudiera haber sido originariamente sugerido por una mariposa, como por una hoja caída en el otoño o por la palma de una palmera batida por el viento… u otra belleza en bruto cualquiera a la que, tras un largo proceso de depuración, solo le restara la esencia, el gesto, el color, lo velado así revelado: eso es la abstracción.

Luego supe de otras corrientes teóricas menos líricas, pero esa primera propuesta de mi tío -tan atractiva para un imberbe- fue la que recordaría ya para siempre y así, además de unirme en la admiración por este pintor sublime, me permitió entender de algún modo al precursor Kandinsky, en esa su pretensión pionera de que los colores se agitaran fuera de cualquier sustento, descubrir el terror salvaje de Rothko, cuyos cuadros de vibrantes rojos terminarían (aparte de con su vida) decorando las salas de juntas de las grandes corporaciones o, para el caso, introducirme en la abstracción dura de Pollock y, ya de paso, ir despertando a lo que por entonces se estaba cociendo por estos lares en aquella generación abstracta de los años sesenta y siguientes (Millares, Palazuelo, Saura, Torner… o el propio Zóbel) continuadora en alguna medida de las renovadoras ideas de sus considerados predecesores: Picasso, Miró, Gris… y por ahí.

Precisamente ahora, la Fundación Juan March (heredera del museo) presenta una exposición que nos ofrece una historia del arte reciente (1960-2020) en la que los fondos de la conocida colección de estos citados artistas se combina con las tan variadas obras (tanto en formatos y técnicas como en sus -para mí- indescifrables mensajes) de los nuevos artistas generacionalmente pertenecientes a este descoyuntado y contradictorio siglo XXI que, en último término, vienen a reafirmarme en esa idea de la agonía si no de la anunciada muerte del arte (con y sin mayúscula).

A pesar de todo lo que está cayendo en un mundo de ecosistemas heridos y con ese llamado arte huyendo de la mirada del ser humano, entiendo necesario recordar con Goethe que “la Natura y la idea no pueden separarse sin que el arte y la vida sean destruidos”. Por eso elijo el sosiego de estas arboledas en la serranía, la transparencia en el aire y la limpidez de sus aguas para, de ese modo, experimentar esa vivificante síntesis -casi mística- de acoplar la mente a los paisajes y así llegar a percibir a través de los sentidos el presentimiento de que nuestra alma -si es que algo parecido existe- vive, más que en nuestro cuerpo, abiertamente desparramada por los rededores de esos sagrados lugares que aún esconden su frágil y trémula belleza.

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