Pellejo

«Nada hay más profundo que la piel» (Paul Valéry)

Venía de ver en el Kursaal de San Sebastián la propuesta de la artista palentina Marina Núñez bajo el sugestivo título de Sin piel, exposición concebida específicamente para la sala Kubo, que nos adentra en un universo visual desde donde llegar a cuestionar las fronteras entre la naturaleza, el artificio y el hombre -la mujer, para el caso- dejando así, como el que no quiere la cosa, difuminados los límites de la propia identidad. Cuerpos flotando en la ambigüedad de lo liminal, esa zona en la que algo deja de ser lo que es -lo que era- para transformarse en otra cosa, fluyendo a través de la parte más humana de nuestro cuerpo -la piel- esa recurrente frontera que, a la misma vez que nos aísla, nos conecta con el exterior. Mientras transito esa aparente dualidad, en mi condición de persona “profundamente superficial” (Warhol) que huye de los enredos de lo superficialmente profundo, busco la dimensión insondable en las vibrantes experiencias corporeizadas a través de esa fina envoltura que nos cobija.

En el contexto de lo que nos está tocando vivir, no podremos negar que la ciencia y la tecnología influyen de manera radical en nuestra forma de entender la realidad, y más que lo van a hacer en un futuro que -en ese sentido- se vislumbra arrollador. Como reflejo de ello, el arte de los nuevos medios o Media Art (como en buena medida es el caso de la exposición referida) manifiesta esa especie de dermatología general o arte de las superficies, encarnando el cuerpo humano como un pliegue más de la propia materia-imagen en su relación directa tanto con la naturaleza como con las máquinas para, asumidas las simultáneas interacciones entre arte, ciencia y tecnología, emerger como algo nuevo y distinto; hibridación en la que nuestro substrato material no parezca gozar de una mayor entidad -posibilidad de lo real- que la virtualidad de la propia estructura simbólica que lo articula. Ante esta devenida y creciente dificultad por llegar a reconocernos en nuestro propio pellejo, no tendremos más remedio que avivar los sentidos como única arma disponible con la que intentar salvar ese frágil equilibrio que configura todo organismo vivo, en su conjunción con la fina madeja de singularidades efervescentes que conforman esa ilusión a la que inexorablemente nos aferramos -como el que se agarra a un clavo ardiendo- y que llamamos individualidad.

Hace ya algún tiempo -en Cuerpos– dejé esbozada una visión irónica, que no frívola, sobre la fenomenología -más que sobre la ontología- del cuerpo. Era un intento (ingenuo) por superar las polarizadas concepciones puramente idealistas o materialistas tradicionales, posicionándome junto a las “modernas” tesis tendentes a integrar las experiencias corporales y reflexivas como lances constitutivos de una misma y única naturaleza humana: el cuerpo. Un delicado trayecto, para mí inescrutable, desde la fenomenología hasta una supuesta ontología del ser, o a la inversa. Hoy, no sé si tendría mucho sentido plantear tales disquisiciones desde tamaña grandilocuencia retórica -ya nos han dado la suficiente tabarra toda esa tropa de estructuralistas y constructivistas al uso- sólo apuntar la, para mí, sugestiva tesis (de Jean-Luc Nancy y los “nuevos” realistas especulativos) que colocan las pulsiones del cuerpo, sus vibraciones, su morfología, su epidermis… como las auténticas y primitivas fuentes capaces de dotar al personal de una posición no sólo ética, sino también -y fundamentalmente- estética en la constitución de su subjetividad. Dicho en román paladino: la importancia sustancial de nuestra piel -y todo lo que le cuelga- en la construcción del Yo, o sea.

En cualquier caso, filosofías y/o bromas aparte, apuntábamos la necesidad insoslayable de mantener bien despiertos los sentidos para así poder adentrarnos con alguna salvaguardia por esos laberintos de tan profunda levedad. Ámbitos que -como ya nos avisara el gran Kundera- aún insertos en insignificantes apariencias, con el tiempo acabas descubriendo que precisamente es allí, entre los entresijos de la epidermis y no en las ampulosas elucubraciones metafísicas, donde se esconde lo esencial de nuestra existencia. Entiendo por ello oportuno referirme aquí a “La fiesta de la insignificancia” su, por ahora, última novela (escrita desde la sabia jovialidad de sus envidiables ochenta y cinco años del momento) y donde el autor, sorteando esas trampas de la retórica o de la solemnidad, se mueve con sabio humor por las modestas –que no desdeñables- superficies de lo humano evitando el dominio de las grandes construcciones intelectuales, esas que -invocando la excelencia o la necesidad- terminan por justificar la barbarie. Una oda de exaltación a la vida alejada de estridencias y a lo que -a nivel cutáneo- en ella acontece; una “fiesta de la insignificancia” tan propia de este significado y perplejo ser humano que ama sin saber porqué, desea sin entender qué le mueve y espera sin albergar certeza alguna.

En la vida real, como en las novelas del autor de La insoportable levedad del ser, cada individuo posee un rostro y una piel, con los que compone unos gestos más o menos prestados y -a partir de ahí, desde dentro hacia fuera- construye su propia biografía, asumiendo así y para sí esa exterioridad -los hechos de su vida- como reflejo de su interioridad. Hoy, el hombre posmoderno pareciese estar actuando al revés -de fuera a dentro- en su modo de generar esa individualidad; baste apuntar el gusto o moda actual entre los así llamados jóvenes (de diez y ocho a cincuenta o sesenta años) por personalizarse mediante tatuajes en la piel, una fijación de extrañas -por impersonales- imágenes que actúan de frontera para evitar que aflore a su superficie el reflejo de una interioridad vacía o, como se dice ahora, vaciada. Un paliativo, en plan metadona, del debilitamiento contemporáneo de la intimidad o, lo que es lo mismo, de la pérdida de esa profundidad accesible y expresable de la piel, nuestro particular e insustituible pellejo.

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