Boinas

«El hombre es un mono con ínfulas¹» (El mono calvo)

 Desde que hace un millón de años un macho de primate se coronara a sí mismo con los cuernos de un búfalo prehistórico –pelorovis antiquus– representando de esta forma su poder sobre el grupo, derecho de pernada incluido, todavía no hemos parado. Los vestigios de esa atávica costumbre de prolongar el cráneo como un distintivo jerárquico aún perduran: la mitra, el bonete, el kipá, la tiara, el solideo, la corona, el sombrero… y por ahí todo seguido hasta terminar en la humilde boina capona, ésta ya relegada a su original y utilitaria condición de calentar las molleras. Al alimón, resulta fácil imaginar a la hembra del simio dominante desplazándose apenas erguida sobre dos patas ¿piernas? por el gran valle del Rift, detenerse ante un ananás y arrancar una piña para enjaezársela en lo alto del tarro al tiempo que, balanceando las caderas, le dibuja un mohín de gata al cornúpeta de tan recién estrenada prosapia.

 Gracias a la semiótica sabemos que, por medio de ese proceso mental cual es la semiosis (un fenómeno a cuya instancia una cosa significa algo para alguien), todo aderezo es un signo que contiene un código de valor. Su uso nunca ha sido un acto banal, los sombreros han ocupado (y en actos rituales lo siguen haciendo) un puesto prominente entre las insignias del poder como blasón social, a más de revelarse como marca psicológica o referente del sujeto. No es preciso recurrir a ejemplos extremos (como pudieran ser las tiaras papales o las no menos suntuosas coronas imperiales) para quedar persuadidos de su eminente simbolismo. Baste con recordar que, hasta anteayer, los ciudadanos acomodados lucían su identidad endosándose sobre la chola todo tipo de sombreros, mientras el proletariado industrial se calaba la gorra de visera y el campesinado hacía lo propio encasquetándose en la molondra una boina muy encajada.

 Por afinar un poco más digamos que, hasta mediados del siglo pasado, las clases medias y altas (incluido el clero) llevaban sombrero por la calle: los oficinistas, los artistas, los empleados, los corredores de seguros o los viajantes de comercio, los dependientes, los funcionarios… llevaban sombrero. El resto de oficios tales como los taxistas, los conductores de autobús, los revisores, los basureros, los carteros, los serenos, los policías… usaban gorra y, como vengo apuntando, en los pueblos los lugareños gastaban la genuina boina castellana o, quien dice boina dice la prenda ancestral del terruño: la chapela vasca, la barretina catalana, la montera gallega o su variante la picona asturiana, el cachirulo aragonés, la rodina valenciana… En definitiva, los múltiples y variados aditamentos autóctonos utilizados para emboinarse las meninges.

 La lectura sociológica de ese comportamiento se antoja obvia, en todo caso el escalafón social prefijaba o determinaba el significado por encima del uso. En los rangos dominantes serán reconocidos como apéndice de autoridad u ostentación, entre los de medio pelo predominará su proyección como perfil profesional del oficio en cuestión y, por último, en el grueso de una plebe convenida en demostrar su afección al poder establecido y sus tradiciones, la función utilitaria original quedará relegada a un cometido ya puramente simbólico: la de evidenciar su respeto escrupuloso a ese poder local, esta vez representado en los usos y costumbres de la tribu, significada para el caso en todas y cada una de esas boinas ya debidamente mistificadas mediante su incorporación a la tradición indumentaria regional, a ese acervo folclórico hoy tan en boga al que algunos llaman cultura.

 Bien es verdad que no todas las boinas representan ni reproducen los mismos valores, para ser ecuánimes deberemos distinguir algunas diferencias sustanciales. Hay que empezar reconociendo que cabe la existencia de un dandismo de boina, así se dio en ciertos escritores y artistas del pasado siglo, como en el payés universal Josep Pla o en su admirado Pío Baroja, de la anterior generación del 98, éste ya revestido de un dandismo inverso desde su estudiado desaliño indumentario y estilístico. La boina de Pla, a decir de Vázquez Montalbán, era nada menos que una declaración de principios cósmicos, mientras que en su afecto Miguel Delibes, castellano mundial, su uso no contenía sospecha de presunción sino más bien trasmutaba en tapadera, en camuflada pantalla con la que poder reflejar en sus novelas el realismo de un mundo ético y pecuario con un fondo de paisaje campesino, señuelo con el que terminar cazando ese retrato al carbón de aquella España profunda contenida en Los santos inocentes. Mención aparte merece la boina de Unamuno, de difícil significación, por ambivalente.

 No es la única excepción al significado sociológico (semiótico) general aquí establecido. Contrariamente al mencionado diagnóstico, encuentro en la txapela o boina vasca atisbos de falsa modestia, subrepticias jerarquías circulando a su través como una forma de aristocracia implícita (a más de ritual) en algunos de sus usos: en euskera txapeldun significa el que tiene txapela y es la que, por elevación, se le impone en cualquier disciplina al campeón, así llamado txapeldun. Por antonomasia, la gran boina aplanada de Tomás de Zumalacárregui inmortalizada en un grabado antiguo, es la que ha quedado como significante colectivo de todas las boinas que han trepado los montes durante las tres guerras carlistas y otros alzamientos. Con la llegada de la democracia los nuevos carlistas siguieron oteando el horizonte bajo esas mismas txapelas, para acabar enredados en un siniestro ovillo con sobredosis de nacionalismo y de periclitado marxismo fin de siglo. No deberíamos nunca olvidar, aunque no me vaya a detener aquí a rememorarlos en demasía, los obvios significantes pretendidos por los que hasta ayer las han venido portando como símbolo identitario, fatalmente enfundadas sobre las capuchas del terror.

 Mi curiosidad por estos temas me ha llevado con el tiempo a ir perfilando una teoría general de la boina (entendida como límite y metáfora de la subjetividad) paralela a la de la relatividad general pese a que, en su desarrollo, he podido ir apreciando diferencias reseñables. En su teoría gravitatoria Einstein propone que la propia geometría del espacio-tiempo se vea afectada por la presencia de materia y predice que dicha curvatura será percibida como si de un campo gravitatorio se tratara. En nuestro caso me atrevo a enunciar que, ante la presencia de una boina debidamente enjaretada, la localización y posterior interpretación de los sucesos físicos (las longitudes y los intervalos temporales) quedan relativizados por la simple mirada del observador emboinado, dando como resultado que tiempo y espacio se compriman (y esta es en mi teoría la asombrosa diferencia respecto a la de la gravedad) sin necesidad de movimiento!. Espero que a no tardar, con la ayuda de la geometría hiperbólica y sus correspondientes cuadrivectores convendré en el desarrollo de sus ecuaciones fundamentales, dejando así fijados esos intervalos relativistas aquí cuestionados y con ello dejar demostrada teóricamente mi tesis.

 Mientras me aplico en esta ardua tarea científica, estoy aprovechando los trastiempos del día a día para ir novelando un relato metafórico relacionado con ese mismo tema y cuyo título “El mundo visto desde debajo de una boina” ya adelanta su intención, que no es otra que la de componer una significativa panorámica de los prejuicios, intolerancias, limitaciones del campo ocular y otras disfunciones visuales que conlleva el observar la realidad con las orejeras puestas, con la boina encasquetada hasta las cejas o, dicho de forma más castiza, atornillada a rosca. Adelanto en primicia que, en mi búsqueda, he ido tropezando con una tal cantidad de tipos, modelos y variantes de adminículos acota-cerebros, que el pretendido relato corto se me está convirtiendo por momentos en una especie de enciclopedia universal de la regresión humana.

 Cuánta razón tenía Lamarck cuando en su Filosofía Zoológica de 1809, adelantándose medio siglo a Darwin, planteó que “la función crea el órgano y la necesidad la función”. Para mí que estaba pensando en la boina.

 

 
Ínfulas1: Cintas anchas que cuelgan por la parte posterior de la mitra episcopal/Presunción, vanidad

 

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