Portazos

Odio a los hombres que temen a la fuerza de las mujeres” (Anaïs Nin)

 Hace unos días acudí acompañado por mis chicas (la santa esposa y mi queridísima hija) al teatro Bellas Artes de Madrid para presenciar “La vuelta de Nora”, la obra más aplaudida de la temporada en Broadway, flamantemente convertida en una referencia del feminismo inteligente en los círculos más avisados de nuestra sociedad. Confesada secuela, en modo continuación, de la mítica obra de Henrik Ibsen “Casa de muñecas”, escrita hace la friolera de 140 años. El montaje actual comienza donde ésta terminaba, con una llamada a la misma puerta que Nora cerró de un portazo quince años atrás justo antes de que cayera el telón, abandonando de ese modo su casa, a su marido, sus hijos y su niñera en un último y desesperado intento por encontrarse a sí misma. Eso, para empezar o, por decirlo castizamente, para que te vayas con los soldados.

Entiendo conveniente realizar un apunte del referido precedente literario y teatral del noruego en donde Nora, una vez tomada consciencia de haber llevado una vida de sumisión dedicada a contentar a otros (primero al padre y después al marido) rompe su silencio y, en ese estado catártico le dirigirá a su esposo Torvald (refiriéndose de paso a su padre) las conocidas palabras que, entresacadas de la obra, terminarían propagándose como ariete del feminismo del pasado siglo y cuyos ecos aún resuenan: “Nunca me quisisteis. Os resultaba divertido encapricharos por mí, nada más (…) Tú y papá habéis cometido un gran error conmigo, sois culpables de que no haya llegado a ser nada (…) He sido una muñeca grande en esta casa, como fui muñeca pequeña en casa de papá”, para terminar reafirmando: “Tengo otros deberes no menos sagrados. Mis deberes conmigo misma”. Un desenlace final, portazo incluido, que resultaba un tanto sorpresivo si nos atenemos a cómo se va desarrollando la acción dramática a lo largo del clásico de Ibsen pero que, al fin y a la postre, es lo que nos ha llegado transmutado en símbolo de una ruptura estructural de toda esa inercia social dominante, con Nora convertida en icono de un cierto feminismo.

 Echada la vista atrás (pero no tanto, mis abuelos ya habían nacido) cabe preguntarse por las reacciones, si es que las hubo, suscitadas por aquellas primeras representaciones del drama original en la España de la Restauración, una sociedad en la que la causa de la emancipación femenina apenas había calado, por no decir que no lo había hecho en absoluto. Acaso en el terreno cultural, donde coexistieron dos personalidades singulares como lo fueran Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán o, ya en el ámbito educativo, a través de minorías liberales e ilustradas, como las componentes del colectivo de mujeres institucionalistas acogidas en la recién creada Institución Libre de Enseñanza. Espero no equivocarme si digo que acompañadas por sus colegas o compañeros de aquellas primeras promociones de profesores universitarios, valedores pioneros de la libertad de cátedra, congregados en torno a Ginés de los Ríos. Todos, ellos y ellas, seguidores de ese racionalismo armónico pretendido por el precedente krausista, un movimiento precursor contenido en una filosofía que ya defendía propuestas a favor de la integración de la mujer en el cuerpo general de la sociedad, de la igualdad de acceso a la formación y de la promoción a su propio desarrollo profesional. Primer tercio del pasado siglo, o sea.

 El relevo a Ibsen lo toma hoy el autor Lucas Hnath, reescribiendo su continuación con éste inesperado regreso a la abandonada casa de muñecas en la que ya todos sus moradores han cambiado, no sólo Nora. La puesta en escena elegida con la que se pretende explorar el caos emocional resultante de este regreso (una habitación-contenedor como una isla vista en perspectiva en el centro del espacio escénico, haciendo que los personajes nos parezcan muy grandes dentro de un espacio que les agobia) resulta claramente deudora del montaje realizado hace treinta años en el Español para la representación del drama original, bajo la dirección de Ingmar Bergman (en el marco del Festival Internacional de Teatro). Según leo en reseñas de la época, no es la única coincidencia observable ¿o habría de entenderlas como homenaje?, hay más: el de colocar a los actores no intervinientes en la acción sentados alrededor de ese espacio dramático con lo que sus sucesivos accesos semejan una subida (o bajada, en el caso de la hija sentada en lo alto del salón) a una palestra a modo de ring donde se libran los combates dialécticos; otro de los probables homenajes consiste en enfrentar en su lucha verbal a cada uno de los contrincantes sentados en austeras sillas desnudas como único pero eficaz recurso escénico… Una ambientación, en fin, sospechosamente bergmaniana.

 El libreto dibuja de entrada a una mujer segura de sí misma, exitosa aunque controvertida escritora feminista, que vuelve interesada por reclamar a su marido un divorcio que necesita para su emancipación definitiva y que él nunca llegó a tramitar. Las cañas de la razón por ella tendidas con la esperanza de pescar la ayuda directa de Torvald, a través de la hija o bien de la propia niñera, se vuelven lanzas sentimentales que apuntan al corazón. Nora será duramente recriminada por las consecuencias de su huida e interpelada sin piedad desde los diferentes puntos de vista: por un esposo prisionero de su rol social, por una hija desconocida ya convertida en joven mujer (con una filosofía vital contrapuesta a la de ella) e incluso por la estoica niñera (que se ocupó de cuidar a sus hijos luego de su intempestiva partida). Escenificado mediante sucesivas y enconadas confrontaciones que van provocando cambios sustanciales en el ánimo, no sólo de los personajes, sino también el de un público transportado a través de esa especie de montaña rusa emocional constituida por los deseos y las frustraciones expresados por los protagonistas. Sí, todos han cambiado, todos han sufrido, todos tienen sus razones, todos muestran sus heridas abiertas, confiesan sus miedos y lanzan sus reproches. Desterrado de este modo el maniqueísmo, nos es dado empatizar con las distintas y profundas motivaciones de cada uno de los personajes, con sus particulares formas de vivir la misma historia. Aquél primer heroísmo de Nora queda ya lejos, va diluyéndose según trascurre el drama hasta ser recordado como un simple acto de rebeldía, considerable por su valentía, pero con marcadas y graves contraindicaciones. Un carrusel de encuentros, desencuentros y reencuentros que dan esa complejidad última con la que el autor consigue sortear el panfleto (capear de largo ese riesgo cierto a que esta segunda parte del clásico transmutase en un alegato feminista plagado de tópicos), quedando para mí como el mejor hallazgo de la obra.

 Un tema éste que, de alguna forma, ya dejé tratado en un anterior post que titulé Mujeres, donde intentaba dejar matizada mi posición intelectual en torno a la problemática de la mujer en nuestra sociedad. Como entonces, sigo mostrándome decididamente crítico con ese nuevo feminismo de cuarta generación tan agresivo, esa especie de retro-feminismo populista y ramplón, mezcla de mojigatería y guerra de sexos que, bajo el trasfondo de una plausible defensa por la emancipación de la mujer, esconde ideas finalmente reaccionarias alentadas, para más inri, por voces que se dicen progresistas.

 Solo espero que los portazos que justamente deben seguir dándose a aquellos trogloditas que aún deambulan por entre el paisaje, no terminen dándome a mí en todas las narices o, al menos, que no pasen a mayores y acaben convertidos en golpes indiscriminados dados por este otro feminismo de línea dura, del que va por ahí con unas tijeras de podar esquejes de macho, con riesgo cierto de consumar un estropicio irreversible.

2 respuestas a “Portazos

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