Miedo

«Me da miedo la gente en general, sobre todo cuando se junta» (Albert Pla)

 Hace unos días acudí al teatro Arriaga, en ese nuevo Bilbao que antes fuera villa de lluvia y neobarroco, para asistir a la representación de “Miedo”, el último espectáculo musical del citado Albert Pla, uno de los pocos artistas auténticos (en el sentido de genuino) que aún se pasean por los escenarios sin dejarse llevar por las modas, con esa agraz y personalísima mezcla de hombre-niño transitando por entre los límites de la locura y la genialidad, capaz de enarbolar su personal anarquía (abanderado sin bandera) mientras aparenta divertirse chapoteando sobre los charcos de lo políticamente incorrecto. Un excepcional diamante en bruto (calidad gema) que no alberga intención de ser pulimentado ni venderse en almoneda, un rara avis en peligro de extinción y, por ello mismo, un personaje imprescindible.

 Asistimos embelesados a una perfomance donde cuerpo y voz se funden con las imágenes y el sonido de un espacio digitalizado por el atrezo virtual aportado por la técnica de un sorprendente videomapping, en un viaje a través de los diversos traumas personales fabulados por el protagonista a lo largo de su vida: la macabra obertura del niño enterrado vivo, el muerto rezando las bondades de haberla palmado, los espectros visitantes de ultratumba, el inquietante y dulce baile a solas con sus miedos (que me hace añorar aquel viejo y bellísimo disco suyo de nanas “Anem al llit?”), la tenebrosa muñeca que se interpone maléficamente entre sus padres, la terrible visita de un ratoncito Pérez sádico, el circo con el payaso asesino, el terror a encontrarse en el parque con el niño abusón, la pavorosa despedida a mamá… y otras gamberradas contrapunteadas con momentos de gran dulzura resueltos mediante una sencillez acústica que desarma.

 La propuesta queda contenida en un formato de apariencia infantil de relatos entrelazados que no impide que la obra resulte finalmente perturbadora. Acometida desde un radical estado de inocencia (libre de complejo de culpa), disposición sutil pero radicalmente diferente (si no contrapuesta) a una indeseada actitud ingenua que pudiera resultar candorosa o acrítica. Punto de partida virginal solo al alcance de creadores de probada honradez en el abordaje y desarrollo de sus diferentes ámbitos artísticos. Personalmente rememoré las obras de la conocida pintora Paula Rego, autora capaz de recrear un mundo bestial y grotesco con el que consigue evocar, a la vez que transmitir, sentimientos fundamentalmente abstractos (en contraste con su estilo figurativo) cual es el miedo, sus miedos. Aprecio en ella la misma o parecida doblez en la recreación que hace de los cuentos infantiles (especialmente el tratamiento que en ellos se da a las mujeres), en la crudeza de una pintura sin ironía que no da cabida a la melancolía o a la idealización poética (lo que se ve es lo que hay: violencia, crueldad, humillación…). Ambos ejemplos pueden ser, en cierto modo, recorridos que nos sirvan para proyectar simbólicamente nuestros propios miedos a través de los reflejos de una acechante angustia vital a la espera de inciertos peligros, hasta llegar a darnos de bruces con la palmaria e incontrovertible realidad de la muerte.

 Valga en cualquier caso como excusa para emprender mi personal enfoque en torno a esa humana emoción tan intensa como habitualmente desagradable a la que llamamos miedo. He de comenzar confesando que, en el discurrir de estos últimos años he sentido desvanecerse los miedos de la mente cual se disipa la neblina del valle en el transcurrir de una mañana soleada. Sigilosamente, sin apenas advertirlo, mi mollera se ha visto despejada de esos temores metafísicos que, cíclicamente, suelen acompañarnos a lo largo de la vida como una forma de estremecimiento ante cualquier posible amenaza real o, la mayoría de las veces, supuesta: al rechazo social, a la incertidumbre, al fracaso, a la soledad… y, en último término, a la muerte.

 Empezando por el final, tengo para mí que el aforismo epicúreo que tanto me he esforzado en cultivar “no temas a la muerte, y no temerás a la vida” deviene acertado en un doble sentido pues, al dictado de mi propia experiencia, bien pudiera expresarlo igualmente a la inversa: el que no teme a la vida (gozando de sus placeres, sabiendo discernir entre los deleites propicios o los perjudiciales y compartiendo tanto la vida como el conocimiento) deja de preocuparse por la muerte. La referencia a Epicuro es obligada en su sentencia “la gente es infeliz o por miedo o por apetencia infinita y vana”, recetando para el caso su famoso «tetrafarmacon» como la medicina para luchar contra los cuatro principales miedos clásicos que atenazan el alma humana: miedo a los dioses, a la muerte, al dolor y al fracaso. Pero, como dijo el otro, vayamos por partes.

 Retomando el principio, sabemos que el miedo es nuestra emoción más primitiva, encontrándose en la raíz de la condición humana, ello debido a que el primer reconocimiento de toda conciencia es su desamparo. Para ser exactos, partimos de un sentimiento sordo de angustia del ser (en el sentido existencialista) que nos invade, pues no sabemos (ni podemos saber) de qué o de quién procedemos (si es que de alguien o algo venimos), ni para qué estamos en este mundo, ni por qué causa somos, ni cuál sea nuestra esencia. Aunque benévolamente tomásemos por ciertas alguna de las múltiples teorías o creencias teológicas, filosóficas o físicas que se prestan como asideros para sobrellevar esa carga, no conseguiremos que nuestra realidad quede verdaderamente convencida, ya que a ésta no se le acalla con dogmas al no existir sentencia posible que amordace lo real.

 Bajando un peldaño, desde el vacío existencial del que pendemos cernidos por esa sensación abstracta a la que hemos denominado angustia (angst), nos encontramos con el segundo escalón conformado por un sentimiento duradero del miedo al que, para distinguirlo, le llamaremos temor (deos). Un estado de incertidumbre que produce inseguridad sin necesidad de que exista causa o razón aparentes, suscitando nuestra ansiedad ante la sola suposición, presunción, sospecha o recelo de un posible mal por venir. Por poner ejemplos comunes a la mayoría de los mortales: en la adolescencia ¿quién no recuerda haber vivido el temor a no ser aceptado por el grupo, no digamos ya a ser repudiados por nuestra amada? o, durante la juventud, ¿quién no ha experimentado el temor al fracaso personal, académico, profesional o, de forma más general, al futuro? otrosí, llegados a la madurez de la edad adulta, la etapa supuestamente de mayor firmeza y seguridad del individuo ¿quién se libra de esa inquietud ante la posibilidad imaginada de perder una parte de lo conseguido a lo largo de los años, no solo bienes materiales, con tanto esfuerzo y dedicación? y terminando por la vejez, de la cual por de pronto no voy a hablar, ya llegará.

 Mientras (en la parte baja del escalafón o al revés, según se quiera mirar) nos damos obstinadamente de bruces con un tercer escalón en forma de golpe presente y momentáneo producido por algo real, se trata del miedo (phóbos) directo o miedo biológico (el que compartimos con el resto de los animales), una manifestación que se produce en el cerebro reptiliano y en el sistema límbico. Cuando detecta un peligro, se activa la amígdala cerebral situada en el lóbulo temporal y se producen cambios físicos inmediatos que favorecen una respuesta: bien pueda ser el enfrentamiento, la parálisis o la huida. Esos miedos reales que se construyen a través de un estímulo directo, como una respuesta de activación fisiológica y emocional que llevan a evitar de una manera inmediata un peligro real y objetivo, conforman un mecanismo de supervivencia que nos permite mantenernos vivos. Ahora bien, tratándose de algo biológico e involuntario, huelga que le dediquemos un mayor comentario introspectivo, baste apuntar que la moderna psicología lo establece como una emoción sana, en el sentido de que activa nuestra mente y la pone en estado de alerta, dando como resultado la precaución: una aprensión adaptativa que nos preserva de aquellos peligros que nos compensa evitar.

 Lo que sí entendería de interés, aún no siendo objeto de este post, sería analizar el peso que el miedo ha tenido (y tiene) en el devenir de las sociedades o de las distintas culturas. Al decir de B. Rusell, entre otros muchos pensadores, el miedo está en el origen mismo de las religiones, que lo han usado como un poderoso instrumento de dominación, llegando a afirmar que “el miedo es la principal fuente de la superstición y una de las principales fuentes de la crueldad. Vencer el miedo es el principio de la sabiduría” (exactamente lo contrario de lo revelado para el caso en la Biblia, que establece como principio de sabiduría el temor de Jehová. Salmo 111:10). Antes (anterior al filósofo analítico, no a la Biblia) el racionalismo de Spinoza (siglo XVII) había prevenido contra el miedo calificándolo como una pasión negativa que, junto con la esperanza, constituiría uno de los grandes males que conducen al ser humano a vivir en la servidumbre; un binomio (miedo/esperanza) que genera engañosas supersticiones y que conduce a la paradójica situación de ver a seres abducidos luchando por su esclavitud como si se tratara de su salvación.

 No hacía falta irnos tan lejos, en la vida cotidiana nos intentan manipular con ese tipo de miedo sin objeto preciso e identificable que hemos llamado temor, siendo víctimas de la propaganda de los políticos de turno, más interesados en promover la emotividad de la gente que de resolver los problemas. No es fácil en nuestra sociedad abstraerse de lo que ha venido en llamarse cultura del miedo (N. Chomsky), un término relativamente nuevo asociado a fenómenos originados con la aparición de los medios de comunicación de masas, aunque el concepto en sí lo podríamos encontrar también con otros nombres en cualquier parte del mundo y en cualquier momento de la historia. Una posible definición sería ésta: la cultura del miedo es el temor generalizado que se genera con el fin de influenciar en el comportamiento de las personas, donde las malas noticias son una buena mercancía de poder. Concluimos en que una vida sometida al miedo no merece la pena ser vivida, así que tendremos que seguir empeñados en mantenernos en la acción que cura el miedo (frente a la inacción que crea terror) y cuya ausencia viene a ser el meollo de la felicidad. Pues eso.

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